jueves, 15 de septiembre de 2016

Rutas por el Pirineo Central, GR-11 (Agosto/16)




Aunque el autor de toda la crónica escrita de esta ruta es de mi compañero  Lorenzo Cabezuelo (y que posteriormente incluiré, al igual que todos los datos aportados y medidos por su GPS) haré una pequeña introducción con mis impresiones y algunos de los detalles de este extraordinario viaje.

Introducción

Recién venido de un viaje por Gambia y Senegal y con el tiempo justo (dos días y medio) de cambiar las mochilas (y decir hola y adiós a Sevilla) emprendimos esta ruta por el Pirineo Central (zonas limítrofes entre Aragón y Cataluña) coincidiendo con los espacios naturales de Parque Natural del Poset Madaleta y Parque Natural del Montsec en Huesca y el Parque Nacional de Aigües Tortes y lago de San Mauricio en Lérida.
Serán doce días, con diez etapas pirenaicas (un día de ida y otro de vuelta) en el que recorreremos un total de 137 km, 12.084 metros de desnivel acumulado en subida y 77 horas andando.


Para pernoctar combinaremos alojamientos tan dispares como refugios (5), hostales (4), camping (1) y albergue-refugio (1). La idea de este viaje es realizar varias etapas del GR-11 pero sin limitarnos exclusivamente a su itinerario ya que en varias ocasiones haremos ascensiones a montañas que nos pillen de paso e incluso nos desviaremos para alargar la ruta sobre todo en la zona de lagos. Además sin ser nuestra intención coincidiremos en gran parte con la clásica ruta de Los Carros de Fuego. Esta ruta recorre 9 refugios de montaña que hay dentro del Parque Nacional de Aigües tortes y Sant Maurici, recorriéndolo normalmente en cinco días, aunque hay gente que lo hace en menos tiempo y otros en más. Los refugios son: Restanca, Colomers, Saboredo, Amitges, Mallafré, J.M Blanc, Colomina, Estany LLong, Ventosa-Calvell (los marcados en negrita y subrayado son los que coincidimos en pernoctación y los subrayados únicamente  en el paso por ellos). Además de estos refugios catalanes pasamos y/o pernoctamos en otro tantos aragoneses en Viadós, Angel Orus, Cap de LLauset y Anglios (en negrita pernoctamos).


Nuestra ruta fue la siguiente


Etapa 1: Sevilla-Montfalco (dormir en refugio-albergue Montfalcó)


Etapa 2: Pasarelas de Montfalcó y Congosto de Montrebei
 (dormir H. La Fuen en Parzan)
Distancia:...................14.2 Km
Ascensión acumulada:.........1165 m

Duración:....................5:34


Etapa 3: Parzán - Refugio de Viados (dormir)
Distancia:...................21.94 Km
Ascensión acumulada:.........1513 m

Duración:....................8:14



Etapa 4: Refugio de Viados - Refugio de Ángel Orus (dormir)

Distancia:...................10.94 Km
Ascensión acumulada:.........1304 m

Duración:....................7:14


Etapa 5: Refugio de Ángel Orus - Camping Ixeia en Benasque (dormir)

Distancia:...................15.13 Km
Ascensión acumulada:.........824 m

Duración:....................8:27


Etapa 6: Puente Coronas - Presa de Llauset (dormir en H. Casa Moliné en Aneto)

Distancia:...................11.68 Km
Ascensión acumulada:.........1615 m
Duración:....................9:36


Etapa 7: Hospital de Viella - Refugio de la Restanca (dormir)

Distancia:...................12.71 Km
Ascensión acumulada:.........1246 m
Duración:....................7:16


Etapa 8: Refugio de la Restanca - Refugio Colomer (dormir)

Distancia:...................11 Km
Ascensión acumulada:.........1159 m
Duración:....................8:31


Etapa 9: Refugio Colomer - Lago San Mauricio (dormir en H. Casa Peret en Espot)

Distancia:...................16.27 Km
Ascensión acumulada:.........1066 m
Duración:....................9:23


Etapa 10: Espot - Refugio Colomina (dormir)

Distancia:..................14.75 Km
Ascensión acumulada:.........1620 m
Duración:....................8:59


Etapa 11: Refugio Colomina – Capdella (dormir H. Goya en Barbastro)

Distancia:...................11 Km
Ascensión acumulada:.........572 m
Duración:....................4:23



Etapa 12: Barbastro-Sevilla


Inicio de la ruta

Crónica escrita por Lorenzo Cabezuelo Planas

Etapa 1: Sevilla-Montfalco

Aquí en el sur, andar por el monte en agosto es misión imposible, desde luego, totalmente desaconsejable a menos que sea de noche o por lugares muy umbríos y con mucha agua. Así que, para aliviar el desasosiego, un pequeño y selecto grupo de montañeros del club, como losgansos de la marisma, emprendimos camino hacia el norte buscando picos más altos y temperaturas más bajas.


 Carmina, promotora, organizadora, coordinadora, guía y capitana de la expedición,
lo tenía todo milimétricamente programado desde hacía tiempo. Su enorme experiencia
y conocimiento unido a su admirable entusiasmo y pasión por la montaña garantizan el
éxito. Junto a ella Juan Clemente –que no le va a la zaga–, Manolo Ortega –ahora que no se
entera, quiero ser como él cuando sea mayor–, Antonio Bueno –incansable viajero, conoce
medio mundo–, Rafa Ruíz –simpatía, juventud y sensatez, necesitamos muchos como él– y
Marivalme Barbero –que consiguió estar a la altura de este grupo de élite–, fueron mis extraordinarios


compañeros de viaje, un auténtico lujo. El programa consta de nueve etapas del GR-
11, adaptadas a nuestro gusto y conveniencia, desde Parzán hasta Cabdella, atravesando el
Pirineo central oscense e ilerdense. Pero por el camino haríamos una etapa previa en el pre-
Pirineo para abrir boca: el camino de las pasarelas de Montfalcó y el congosto de Mont Rebei.
A las siete de la mañana del día tres de agosto de 2016 partimos hacia el albergue de Montfalcó,
en Huesca, cinco desde Dos Hermanas y dos desde Sevilla. Nos reunimos en la Venta Antonio,
pasado el aeropuerto, para desayunar y redistribuir la carga, y proseguimos camino.


 Subimos por la A4 hasta Madrid, M50, A2 hasta Zaragoza, N330 y A23 hasta Huesca, N240,
N123 y N230 hasta Viacamp (Huesca) y por último, 15 Km de pista hasta el albergue de Montfalcó, que en realidad es un refugio de la Federación Aragonesa de Montañismo (FAM, como la nuestra). Mil y pico kilómetros del tirón, con unas pocas paradas cortas para estirar las piernas y demás necesidades perentorias, y dos algo más largas para comer: almuerzo en el Flunch deAlcalá de Henares (muy recomendable si se pasa a buena hora), y cena en Benabarre, último núcleo medianamente civilizado, ya que en el refugio la cena es a las 8 y no llegamos. A pesar de llevarnos todo el día en el coche, en buena compañía, charlando y escuchando música de vez en cuando, el viaje no se hace pesado. 



Cuando llegamos al albergue, más de las diez, la noche está espléndida, hay cine de verano, proyectan Alicia a través del espejo a toda voz.
Cuando termina la película, los berridos de un improvisado cantante, aporreando con saña la
guitarra, toman el relevo. No es el ambiente que uno espera encontrar en un refugio de montaña, pero las habitaciones están perfectas –buena cama y baño individual–, y el cansancio del viaje nos entrega pronto a los brazos de Morfeo.

Etapa 2: Pasarelas de Montfalcó y Congosto de Montrebei


Por la mañana, tras el desayuno, tomamos la senda hacia las pasarelas, que baja con fuerte
pendiente hacia el río Noguera Ribagorzana a través de un sombreado bosque con matorral
típicamente mediterráneo: romero, enebro, sabina, boj, pinos de repoblación, arces de Montpellier
y algún que otro quercus, que yo recuerde. Los carteles informativos hablan de pino
laricio (pinus nigra), pero yo solo pude divisar alguno que otro en la lejanía.


La estrella de la
fauna local, por supuesto, es el quebrantahuesos, pero no tendremos la fortuna de divisar
ninguno, solo algún buitre leonado. La temperatura es agradable a esta hora, y bajando el esfuerzo
es poco, así que la marcha se hace placentera y enseguida llegamos a la Fuente de
Montfalcó, de la que apenas mana un hilo de agua.


Un buche para probarla y seguimos bajando por la umbría senda. A unos dos kilómetros o algo más comienza la primera pasarela, una impresionante escalera de 132 escalones que asciende colgada en la pared vertical del desfiladero desafiando la gravedad –un paso no apto para gente con vértigo–. Tras esta primera escalera, la senda sigue ascendiendo hasta conectar con la segunda pasarela, esta más larga –159 escalones– y aún más impresionante.
Luego bajamos en acusada pendiente hacia el puente colgante que une las dos orillas del Noguera Ribagorzana, que aquí forma el embalse de Canellas y hace de frontera entre Aragón y Cataluña. Las vistas son increíbles: las imponentes paredes rocosas,
abajo el embalse con el puente colgante, y al fondo el estrecho congosto de Montrebei.


Nos cruzamos con senderistas que van o vienen e intercambiamos unas palabras: buenos días nos dicen, bon día dicen los catalanes, bonjour los franceses. Un catalán se empeña en hablarme en su lengua aun cuando yo le contesto en español: tampoco hay mayor problema, se entiende perfectamente y la conversación discurre amablemente, cada uno en su idioma.


Un grupo de nenes y nenas cordobeses se delatan inmediatamente por el acento, y vamos bromeando con ellos. Y así avanza el camino, entre bromas y risas y el asombroso paisaje.


Cuando cruzamos el largo puente colgante, desde la otra orilla, la vista de las pasarelas
por las que hemos subido es aún más impresionante. La senda se adentra en el congosto
por un estrecho vasar esculpido en el acantilado, equipado en los tramos más expuestos
con cables de acero para agarrarse. No da sensación de peligro, pero hay que andar con
mucho ojo, un resbalón aquí sería fatal.


Cuando llegamos al final del cañón cruzamos un segundo puente colgante, ya solo quedaría
alrededor de un kilómetro de pista hasta el área recreativa de La Masieta, donde se puede tomar un taxi de vuelta, pero nosotros optamos por volvernos a pie por el mismo camino.


La temperatura va subiendo y el calor se vuelve insoportable: no esperaba tanto calor en Huesca. Las zonas de subida expuestas al sol se hacen muy duras, y Marivalme lo pasa mal por un golpe de calor.




Cuando llegamos de vuelta a la Fuente de Montfalcó hay cola para llenar las botellas en el exiguo chorro, pero una pileta cercana nos sirve para refrescarnos y recobrar el aliento. Pasadas las dos estábamos de vuelta en el albergue, han sido 14,5 Km y 1150 m de ascensión acumulada, la última
parte con mucho calor, no está mal para esta etapa previa.


La primera cerveza sienta como Dios, y las demás también. Tan pronto terminan l bocata, Carmina –tan inquieta como siempre–, Marivalme –ya recuperada del golpe de calor– y Rafa –cuya forma física le permite alardes que no están al alcance de cualquiera–, se van a visitar la ermita románica de Santa Quiteria, en lo alto de un cerro vecino.


Los demás los esperamos a la sombra insistiendo con la cerveza.
En cuanto vuelven nos ponemos en camino, aún nos quedan cerca de cien kilómetros hasta
Cabdella, donde dejaremos aparcados los coches hasta la vuelta, y una furgoneta nos llevará
hasta Parzán, a 3 Km de Bielsa, inicio de nuestra travesía pirenaica.

Por el camino vamos haciendo gestiones por teléfono para quedar con el conductor, avisar al hostal de nuestra llegada, la cena… Y como nos parece que al día aún le cabe alguna actividad más, decidimos pasar por Tahull para visitar la iglesia románica de San Clemente, con su esbelta torre cuadrada, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La carretera entre Tahull y Cabdella es muy sinuosa y estrecha y con el cansancio que acumulamos se hace algo pesada. 


Y aún tendremos que tomarla de vuelta en la furgoneta.
 Por el camino vemos cómo crecen negros nubarrones
que finalmente terminan descargando. Ya en Cabdella, mientras esperamos la furgoneta,
un inoportuno chaparrón dificulta la tarea de organizar las cosas que nos llevaremos y las
que se quedarán en el coche –de aquí en adelante todo lo que llevemos habrá que cargarlo a
la espalda–. De Cabdella a Parzán hay 170 Km, que por estas carreteras supone casi tres horas,
pero Manolo nos ameniza el viaje con una sarta de barbaridades de las suyas –el conductor, un
señor muy prudente, no sabe cómo aguantar la risa–. A la hora que llegamos al Hostal La Fuen
no hay alternativa, tenemos que cenar allí: el menú no es barato, pero está muy rico.

Etapa 3: Parzán - Refugio de Viados


Al día siguiente desayunamos lo antes posible –aunque aquí la gente no es de madrugar, ni los camareros los más rápidos– y ponemos rumbo a la montaña.




La aproximación es progresiva: primero un kilómetro y medio junto a la carretera, que aquí coincide con el GR-11, luego cruzamos el río Barrosa, que da nombre a este valle (nada que ver con la playa de Chiclana) y vamos ascendiendo hacia el este, a través de un espeso bosque, por una pista que nos llevara a la central de Urdiceto, ya a casi 2000 msnm, y al embalse que la alimenta, de igual nombre. Aquí paramos un momento, admiramos las vistas y picamos algo.


Seguimos ascendiendo –ahora el bosque se ha abierto dando paso a los prados– primero por la pista, y luego por un sendero que nos conduce al Collado de Urdiceto o Paso de los Caballos, a 2300 msnm, el punto más alto del recorrido de hoy.


La subida es larga y empinada, pero Marivalme marca un ritmo sostenido, lento pero sin paradas, y el grupo, paciente, la sigue. Esto es fundamental para un montañero, encontrar el ritmo, por lento que
sea, que pueda mantener sostenidamente. La marcha a tirones, parando cada poco tiempo porque no se puede mantener, es del todo contraproducente, agota físicamente y se avanza mucho menos.


Y eso Marivalme lo ha aprendido, y lo aplica, y le va genial: el miedo va dando paso a la confianza.
Encontramos por aquí marcas del Camino de Santiago, que curiosamente van en la misma dirección que nosotros, hacia el este.


Algo más arriba del collado, al suroeste, se encuentra oculto el ibón de Urdiceto, conectado con el embalse que alimenta la central, pero la etapa de hoy ya es bastante larga, y tendremos ocasión de ver ibones a mansalva.




A pocos metros paramos para comer –hemos adoptado el horario europeo de comida, las 12:30– junto a un pequeño refugio abierto, o borda, en buen estado pero lleno de basura (es desconcertante). Como hasta aquí llega el carril, queremos pensar que no son montañeros los salvajes que dejan basura en estos parajes.


Después de comer toca bajar, nos adentramos en un precioso valle alpino atravesado por varios
arroyos que se despeñan desde lo alto en espectaculares caídas: barranco de Sallena, por
cuya margen izquierda vamos descendiendo, barranco de Montarruegos, que cruzamos más
abajo, luego La Basa…


Paulatinamente nos hemos ido adentrando en la alta montaña: primero los bosques mixtos de hayas, enormes y frondosas –que no vemos por allí abajo– mezcladas con abedules, abetos, pinos laricios y avellanos; frutos del bosque: frambuesas, –que ya están en sazón–, grosellas, fresas…; más arriba mullidos cervunales atravesados por arroyos cristalinos, impresionantes cascadas; y quizás lo más espectacular, la orografía: imponentes picos, inmensos roquedales, afiladas crestas, farallones altivos, vertiginosos barrancos, valles idílicos…


Satisfecho el apetito –al menos en parte–, en cómodo descenso –algo empinado en algunos tramos pero cómodo para montañeros expertos como nosotros–, con un tiempo espléndido –más calor de lo esperado–, caminando a buen ritmo en inmejorable compañía por estos parajes de ensueño, se siente
uno pleno, ¿qué más se puede pedir?.


Pasamos por la cabaña de Sallena y nos adentramos de nuevo en el bosque, cruzamos el barranco La Basa y comenzamos la ascensión hasta Las Colladas.



De nuevo hacia abajo hasta las Bordas de Lisert, donde conectamos con una pista, y luego hasta el río Cinqueta, que recorre el fondo de este valle de Gistau –o Chistau en aragonés–.


Desde aquí la pista asciende paralela al río hasta el campamento de la Virgen Blanca. Son las cuatro y media, ya solo nos separa un kilómetro del refugio de Viadós, aunque en fuerte subida;




el calor aprieta de lo lindo y el grupo para a hidratarse y refrescarse con unas cervezas en un barecillo que encontramos al  paso. Pero Marivalme no tiene aún la confianza suficiente para tomar cerveza por el camino, así que ella y yo seguimos despacito hasta el refugio.


A las cinco estábamos allí, y al poco llegó el resto: en total 22 Km recorridos en ocho horas y cuarto, solo 52 minutos parados –comer, beber y poco más– y 1520 m de ascensión acumulada –una señora etapa–. Una cerveza –ahora sí–, nos registramos, tomamos posesión de las camas, ducha, colada, planificar la etapa de mañana, cena, charla –entre nosotros y con los otros– y a intentar dormir –la rutina habitual de los refugios, que deja poco tiempo libre–.


 Desde la puerta del refugio divisamos el camino que hemos de seguir mañana, baja hacia las bordas de Viados y luego gira hacia la derecha para remontar el barranco de la Ribereta, al pie de la imponente mole del Posets o Punta Llardana (3369), la segunda cumbre más alta del Pirineo, y en primer plano la Punta Llardaneta (3322) o pico Espada, que muestran su tortuoso pasado geológico
en los retorcidos plegamientos, casi verticales, que adornan sus laderas.



El ambiente en el refugio no es demasiado montañero en este tiempo: hay unos niños que han
subido desde el campamento, gente joven que pasa el verano por estos montes, muchos franceses
–les pilla cerca–, perros con sus dueños y gente variopinta. Una chica de Gerona que nos
adelantó por el camino, Eva, muy simpática, viene haciendo el GR-11 desde el principio, sola, y
piensa llegar hasta el final, más de 40 etapas nos dice. Un chico con dos perros que se hacen la
foto con nosotros (los perros) y otro que le acompaña. Y también gente malaje, que nos mira
con aires de superioridad, pero son los menos –afortunadamente–.
A las cuatro de la mañana, harto ya de estar en la cama –no se puede uno acostar tan temprano–
salgo al baño, que está fuera, y me quedo completamente extasiado con el cielo: la
oscura noche sin luna y el cielo limpio, impoluto a esta altitud, permite ver millones de estrellas
brillando cada una con diferente intensidad y color, y la Vía Láctea cruzándolo, blanca como
la leche –el nombre cobra todo el sentido–. Intento identificar alguna estrella, alguna constelación,
pero acostumbrado al puñado escaso que podemos ver en los contaminados cielos de
las ciudades, no consigo orientarme: ¿quizás Vega?, ¿la Osa Mayor?, ¿será Antares esa rojiza?...
Un espectáculo que hoy en día pocas veces tenemos la oportunidad de contemplar, solo
por esto ya merece la pena el viaje. Se entiende que en la antigüedad tuviera tanta importancia
el cielo y los acontecimientos celestes. Eso sí ha sido una gran pérdida de la civilización, la
contaminación lumínica es una de las peores formas de contaminación.

Etapa 4: Refugio de Viados - Refugio de Ángel Orus


Por la mañana, desayunamos en el primer turno, cogemos los picnics y salimos temprano, poco después de las siete y media ya estábamos en marcha. Como veíamos ayer desde arriba, bajamos hacia las bordas y en la última de ellas giramos a la derecha para tomar el GR-11.2, la variante que nos llevará al refugio de Ángel Orús.


Cruzamos el río por una palanca, que es como llaman aquí a los puentes, y comenzamos la ascensión por el barranco de la Ribereta, una subida larga y mantenida que nos conduce al Ibón de Millares, a
2350 msnm, donde hacemos la primera parada para reponer fuerzas.


Situado al pie del pico
homónimo, en este lago se aprecia claramente su origen glaciar, en el fondo del circo que un
antiguo glaciar excavó en la ladera.






Sentados junto a las cristalinas aguas del ibón, admirando
el increíble paisaje y bromeando con los amigos podría uno pasar el día, pero son las once menos
cuarto, el sol avanza y todavía nos queda mucho camino.


El sendero sigue subiendo sin tregua por durísimas pendientes hasta el collado de Eriste, o de la Forqueta, a 2862 msnm, a donde llegamos en poco más de hora y media. 
Esta será la máxima cota que alcanzaremos hoy.








Aquí encontramos gente descansando y disfrutando de las vistas, son fastuosas, como podrá imaginarse: detrás, al oeste,  dejamos el valle de Chistau, y al frente, al este, se nos abre el de Benasque, hacia el que nos dirigimos.





El collado une el pico de la Forqueta (2986), en el sur, con el Diente Royo (2943), en el norte, que se continúa por la afilada –y tentadora– Cresta de las Espadas hacia las altas cumbres del Llardaneta y el Posets.



A penas unos minutos para reagruparnos – venimos mucho más juntos de lo que podría esperarse, los que tienen más ritmo se acomodan a los de menos– y comenzamos el vertiginoso descenso por una empinadísima ladera con piedras sueltas que exige toda nuestra concentración –hay quien prefiere las subidas, pero para mí bajar es siempre más descansado–.




Al final de la bajada divisamos ya el ibón de Llardaneta, donde hacemos la segunda parada para comer, incluso algunos remojamos los pies en las transparentes y gélidas aguas –los deja nuevos–.


Poco dura el asueto, a la una y media retomamos el camino. Vamos rodeando el ibón por la izquierda, y luego continúa la fuerte bajada, ahora por el torrente Llardana.



Después del bocata rodeamos el ibón por la izquierda y seguimos bajando por la margen derecha
del Torrente Llardana, que desagua el ibón.



Un poco más abajo, sobre la cota 2450, cruzamos
el curso por una palanca medio hundida, y nos vamos apartando de él hacia el sur buscando
nuestro destino: el refugio del Forcau, o de Ángel Orús.


Descendemos ahora por una zona de grandes bloques, que da mucho más seguridad que las piedras sueltas, y resulta mucho más divertida, este es nuestro terreno. En el último tramo, Juan y yo nos adelantamos para llegar antes al refugio y tener opción a mejor sitio, vamos a toda velocidad, decidiendo sobre la marcha dónde caerá el pie en el siguiente paso, disfrutando en cada movimiento.



El refugio es pequeñito, y con tres niveles a los que hay que subir y bajar continuamente, si sumamos las escaleras a los 1300 metros de ascensión acumulada de la ruta de hoy no sé cuánto nos saldría. Pero tiene una terraza magnífica con unas vistas espectaculares, desde ella planteamos la ruta de mañana. 

Para no tener que volver sobre nuestros pasos, intentaremos localizar un antiguo GR, uno de los encargados del refugio nos muestra por dónde discurre: tenemos que localizar un tubo negro y seguirlo ladera arriba, luego ya tendremos a la vista la Cabaña de Llardaneta, donde retomaremos el GR-11.2 actual.


Etapa 5: Refugio de Ángel Orus - Camping Ixeia en Benasque


Nuestro quinto día empieza como todos, desayunando, recogemos nuestros bártulos y antes de las ocho empezamos a subir hacia el norte buscando el antiguo GR-11, armados con las escuetas indicaciones que hemos podido reunir y nuestra intuición.


Pronto localizamos el tubo, y lo vamos siguiendo como podemos; más arriba, cuando ya empezábamos a dudar, descubrimos algunas antiguas marcas de GR, muy gastadas, casi no se ven, pero nos dan seguridad para seguir adelante.


Vamos oteando la ladera en busca de la cabaña, tarea difícil porque no sabemos qué aspecto tiene ni dónde debería estar exactamente, pero al final aparece, ya estamos cerca, y hemos ahorrado un buen trecho –en distancia y en desnivel–, y la subida ha sido muy cómoda y progresiva. Por supuesto,
andar buscando antiguos caminos es mucho más divertido que seguir una traza clara, aunque
también más lento e incierto.


Ahora nos dirigimos hacia el barranco des Ibons, por el que desagua el ibón de Eriste, hacia las
diez ya estamos en el lago y hacemos una corta parada. En continua ascensión seguimos hacia
nuestro siguiente hito: el Ibón de la Plana y algo más arriba el Collado del mismo nombre, a
2703 msnm, máxima cota del día, bajo la Tuca des Corbets.


Tras unos minutos admirando las vistas toca descender, los que tienen bastones los alargan y nos
lanzamos barranco abajo hacia los Ibones de Batsielles, que vemos en el fondo. La bajada es muy
empinada, pero por una pedrera de grandes bloques, nuestro terreno favorito, me encanta andar
por estos terrenos de geometría fractal, más que andar sobre el terreno caminamos dentro de él,
envueltos por las enormes piedras, como una esponja.


Medir el desnivel acumulado en este tipo de terrenos es imposible en la práctica, entre otras
cosas porque depende de la escala a la que lo midamos, y ningún instrumento es adecuado para
hacerlo –desde luego, el GPS no lo es porque considera que caminamos por una superficie bidimensional cuando la dimensión efectiva de este terreno es del orden de 2,7–.


Vamos cruzando por los ibones, preciosos todos, cristalinos, de colores cambiantes con
la luz, las algas y los minerales, recorriendo toda la gama de azules y verdosos, reflejando
como espejos las altas cumbres a cuyos pies descansan. Pasadas las doce y media, paramos
en el Ibón de l’Aigüeta de Basielles, fieles a nuestro nuevo horario paramos a comer
y a relajarnos en este idílico entorno. 






Tras la comida, pareciera que el camino se compadeciera de nosotros durante algunos metros, llanea clemente por los ibones, pero poco antes del Ibón Grande cesa la tregua y vuelve a empinarse hacia abajo –peor hubiera sido hacia arriba–. En un recodo del camino, emboscado por esta zona, conseguimos ver entre las ramas uno de los ibones de La Escarpinosa, de intenso color turquesa.






Mientras los demás seguimos avanzando, Juan y Carmina se desvían un poco para conseguir fotografiarlos debidamente, uno es azul, como ya he dicho, y el otro verde.




Poco tardan en alcanzarnos, y el grupo sigue avanzando tranquilamente. El Ibonet de Basielles despide la serie, como el nivel está muy bajo, su lecho herboso le da un encanto especial.








Desde aquí el camino se ensancha, cruzamos la Palanca de los Carboneros, y poco después enlazamos con el GR-11, que aquí coincide con la Vereda de Estós y baja por la margen derecha del río de igual nombre.


Cuando llegamos a la Fuente de Corona, de agua fresca y muy rica, el paisaje se va civilizando,
y poco después pasamos por la Cabaña de Santa Ana, un refugio abierto muy bien conservado.
La pista ancha y compactada y el aliciente de la cerveza que nos espera aceleran nuestro paso, y pronto salimos al Puente de San Jaime (o Chaime como dicen aquí), junto al que se encuentra el camping Ixeia en el que pasaremos la noche.


Estamos a tres kilómetros de Benasque, y nos planteamos acercarnos para hacer algunas compras
y cenar allí, pero cómodamente sentados frente a una cerveza bien fría decidimos que el
menú del camping es aceptable, y las compras pueden esperar.
Las cabañas son pequeñas, como casetas de perro, pero cómodas, comparadas con los barracones
de los refugios nos parecen el Ritz.




 Etapa 6: Puente Coronas - Presa de Llauset


Al día siguiente, lunes ya, para evitar unos kilómetros de carretera, tomaremos un autobús que
nos llevará al refugio de Coronas, en Vallibierna, desde donde retomaremos nuestra marcha. A
las siete y cuarto sale de Benasque, y unos minutos más tarde para frente a la puerta del camping
Aneto, no podemos perderlo.


El autobús sube por el barranco de Vallibierna, por una
pista forestal paralela al río, asomándose al precipicio en cada curva, las caras de los que van
junto a las ventanillas reflejan la altura de la caída, y lo cerca que pasa el autobús del borde.
Va completo, incluso tiene que dejar gente en una parada porque no caben más.


Cuando llegamos arriba, tres cuartos de hora más tarde, ya tenemos ganas de ponernos
en marcha, así que cruzamos el puente Coronas, y seguimos pista arriba medio kilómetro
para tomar el sendero que sale hacia la derecha.


A la izquierda, hacia el norte, cerca de aquí, queda el pico Aneto, con su paso de Mahoma y sus 3404 msnm, techo de Huesca y de todo el Pirineo, solo superado en la península por el Mulhacén, en nuestra Sierra Nevada.



Pero eso se escapa de nuestro programa,
nuestra meta hoy es Aneto, pero no el pico sino el pueblo, caminaremos hasta la presa
de Llauset, donde nos recogerá un vehículo para llevarnos al pueblo.


Vamos remontando el Barranco hasta los Ibones de Vallibierna, rodeamos el bajo por la derecha
y el alto por la izquierda, y seguimos subiendo por senderos escarpados hasta la Collada de
Vallibierna, a 2729 msnm, máxima cota de la jornada, junto al Cap de Llauset (2869).






En la bajada, tan empinada como la subida, divisamos varios ibones, el más grande es el de Cap de Llauset, y junto a él, un edificio de nueva construcción: es el nuevo refugio de Llauset, recién inaugurado (el 2 de Julio), en él pararemos a comer –de haberlo sabido no hubiéramos cargado con el picnic–. El edificio tiene una pinta estupenda, y la cerveza está fresca, dan ganas de quedarse, pero hay que seguir el camino.



Ahora nos toca subir a la Collada de los Ibones (2521), entre la Tuca de Angliós (2813) y el Pico de la Solana de Llauset (2673).



Desde arriba divisamos el rosario de ibones por los que iremos pasando. En el primero de ellos,
Cap de Angliós, un ibón redondo y cristalino de gélidas aguas, los tres valientes del grupo nos damos un refrescante chapuzón que nos deja como nuevo, el resto busca excusas poco convincentes, ellos se lo pierden.



Y proseguimos la marcha, vamos bien de tiempo, hoy la etapa no es demasiado larga –aunque acumula un desnivel considerable– y podemos disfrutar del camino. Pasamos entre los ibones del Mig y de l’Ubaga, hacia la derecha sigue nuestro camino, pero nosotros nos desviamos a la izquierda para visitar el cercano Refugio d’Angliós, una pequeña caseta en muy buen estado, limpia, incluso hay algunas provisiones que han ido dejando.


Al volver al camino se produce un poco de confusión, cuando pensábamos que ya casi todo el camino sería bajando, al otear el horizonte nos damos cuenta de que estamos en el fondo de un valle rodeado de picos: de aquí solo se sale subiendo.


La vista se nos va al collado más bajo, la Colladeta de Ridueno (2282), que está hacia el este, Pero nuestra salida está hacia el oeste, el Collado de Angliós (2434), bastante más alto.


Asumido con resignación
el hecho ineludible de esta ascensión inopinada –no queda otra–, nos encaminamos
con paso firme y constante hacia el puerto: algo más de media hora nos lleva alcanzarlo, no ha
sido para tanto.


Mientras ascendemos vamos viendo a nuestra espalda la bella estampa del
valle d’Angliós, el Estany d’Ubaga tiene forma
de manta raya, esta foto ya la hemos
visto en el refugio nuevo de Llauset.


En la otra vertiente nos espera una fuerte bajada hasta el embalse de Llauset, pero eso ya es pan comido.


Mientras esperamos en el aparcamiento al coche que nos llevará a Aneto, Rafa y yo nos acercamos a ver la presa, es impresionante, y muy moderna –se construyó en el 82–, tiene sensores por todos lados, y el embalse está conectado con el de Baserca, 750 m más bajo, con turbinas reversibles que se invierten para almacenar el sobrante de energía aquí arriba, en forma de energía potencial: una colosal obra de ingeniería.


Pero el resto del grupo se impacienta (son como los tiburones, parados se axfisian) y decide cruzar el túnel para esperar en el otro lado, más de un kilómetro que se hace largo, aunque si hubiéramos sabido cómo conduce el que nos lleva quizás hubiésemos seguido a pie hasta el pueblo.


 El hostal está bastante bien, el dueño es simpático –aunque un peligro conduciendo– y la cena es exquisita, pero si te ofrecen un chupito por estas tierras, no pienses que te lo van a regalar, te lo cobran y bien.

Etapa 7: Hospital de Viella - Refugio de la Restanca



Las previsiones meteorológicas lo venían anunciando, dan agua para hoy martes, a partir del mediodía, pero lo peor vendrá por la tarde; así que nos levantamos temprano y salimos lo antes posible. Nos llevan en coche hasta el Hospital de Viella, junto a la boca sur del túnel, desde donde arranca la etapa de hoy. 


Pasamos junto al embalse de Baserca –el que está conectado con el de Llauset–, en el Noguera Ribagorzana, que marca la frontera entre Huesca y Lérida –el mismo que atraviesa el congosto de Montrebei  bastante más al sur–. Eso quiere decir que
hoy abandonamos Aragón para introducirnos en Cataluña, los ibones pasan a ser estanys –o
estanhs en occitano, que es lo que hablan en el valle de Arán–, y los picos tucs; por lo demás,
todo viene a ser lo mismo.

Entre una cosa y otra, cuando nos ponemos en marcha son más de las siete y media. La etapa
comienza subiendo barranco arriba, como todas –mejor así–, con buena pendiente desde el
principio –pronto entramos en calor– mantenida sin descanso hasta el Lac de Rius, 730
m más arriba. Antes de las diez estamos en el lago, y hacemos la primera parada corta,
hemos dado un buen tirón.


El ritmo que llevamos es buenísimo, cada día que pasa nos sentimos mejor, más fuertes y adaptados a la marcha, física y anímicamente, caminar nos hace bien en todos los sentidos. Seguimos rodeando el ibón dejándolo a la derecha, luego pasamos entre varias lagunas pequeñas y seguimos por la orilla izquierda del Lac Tort de Rius. Los lagos están muy bajos, ha llovido poco este verano y en este tiempo se alcanza su máximo estiaje.



Ahora nos dirigimos al Lac de Mar, pero otro mar, este de ovejas, nos frena la marcha. El pastor, estratégicamente situado en lo alto de un cerro, controla el inmenso rebaño sin más ayuda que algún perro.


A medida que avanzamos, sin querer vamos empujando a los animales hacia adelante, tanto nos entorpecen la marcha que nos vemos obligados a apartarnos del camino y dar un rodeo para esquivarlas.



Superado el obstáculo, comenzamos a ascender de nuevo hacia el Collado de Lac de Mar (2502), el punto más alto que pisaremos  hoy, aunque parte del grupo se desvía algo a
la derecha y pasa por otro puerto. 



Justo en la collada comienzan a caer las primeras gotas, afortunadamente no hace viento y el paraguas me protege bien, otros optan por el chubasquero, pero con este calor yo prefiero evitarlo. La bajada al Lac de Mar es muy empinada y con una mano ocupada hay que extremar la precaución. 


 Luego bordeamos el lago por la derecha, el terreno es pedregoso, y la roca mojada resbala por algunas zonas, hay que andar con mucho ojo. Poco a poco nos acercamos al final del lago, ahora viene otra bajada empinada hacia el embalse de la Restanca, en cuya orilla norte se encuentra el refugio.


Con la lluvia el terreno se ha vuelto complicado, pero no llueve demasiado, y el ambiente húmedo también tiene su encanto. Antes de las tres estábamos en el refugio –no hemos parado para nada– nos registramos y nos sentamos a comer cómodamente con una cerveza bien fría. Mientras lo hacemos, un tremendo temporal comienza a descargar con todas sus fuerzas, y nos alegramos de haber salido temprano y de no habernos entretenido por el camino, nos hemos librado de una buena –con una tromba de agua como esta no hay protección que valga–. 


    Todos los que andaban cerca se refugian aquí –para eso está el refugio– y se forma un jaleo impresionante en la zona de entrada donde se dejan las mochilas, todo mojado y atestado de gente empapada, prendas tendidas por todas partes… Coger algo de las mochilas es tarea casi imposible, hay que tener paciencia, ya se irá despejando –menos mal que nosotros llegamos temprano–. 

Etapa 8: Refugio de la Restanca - Refugio Colomer


El día siguiente amanece húmedo y neblinoso, pero no llueve y la temperatura es agradable,
perfecta para caminar. La etapa de hoy nos llevará al refugio de Colomers, pero de paso subiremos al Montardo (2833) para admirar las vistas, si la niebla nos deja, y si no por el gusto de andar por la montaña, a eso venimos.


Empezamos subiendo por un estrecho sendero pedregoso hacia el lago de Cap deth Port, hemos salido muchos al mismo tiempo y vamos adelantando a grupos que van más lentos que nosotros y otros que llevan más ritmo nos adelantan a nosotros, pero a medida que nos alejamos del refugio
va habiendo menos gente.




Cuando llegamos al lago lo rodeamos por la izquierda hasta el final y seguimos ascendiendo por el GR- 11.18 hasta el collado, bajamos unos metros y nos desviamos hacia el norte para emprender
la subida al Montardo.


Es la primera variante del día, opcional, como todo, pero nadie se la quiere perder. En un rellano, un
grupo de lustrosas vacas pastan felices, esto debe de ser un paraíso para ellas.


Hemosvenido mirando al cielo todo el rato, albergando la esperanza de que la niebla se disipara, pero de momento no tiene pinta –qué se le va a hacer–. 


Empezamos a subir y cuando nos hemos apartado un poco del camino algunos dejan las mochilas a buen recaudo – no hace falta cargar con ellas hasta la cima–. La subida es dura, muy vertical –cerca de 400 m en poco más de 1 Km–, pero ya estamos entrenados y con paso corto y sostenido pronto nos ponemos en la cumbre.


Como nos temíamos, la niebla –o nubes bajas– no deja ver nada, un fondo blanco completamente nos envuelve, pero de vez en cuando un claro se abre mostrando el paisaje con una nitidez extraordinaria
–así es incluso más emocionante–. 




En la bajada, subimos también a otro pico cercano (2781) que se ve muy escarpado, la subida es corta y entretenida –no dejamos pasar una–.


De vuelta al camino, tomamos la segunda variante de esta etapa, ahora nos desviamos hacia el sur, para pasar por los ibones de Les Monges y Les Mangades.



En el primero de ellos, Las Monjas, paramos a comer, hace bastante viento y tenemos que resguardarnos tras unas rocas. Repuestas las fuerzas, tenemos que subir un poco, pasamos junto a
un ibón pequeñito, que se queda a la izquierda, y algo más arriba ya divisamos el Estany de les Mangades, bajamos hacia él dejándolo a la izquierda y empezamos la subida al Port de Caldes (2568), donde retomaremos el GR-11.18.



Por esta zona no vemos camino, y la descripción que traíamos no nos ayuda nada, pero con buena intuición montañera pronto encontramos la senda –es lo más interesante de andar por el monte–.


El cielo se ha despejado, y la atmósfera se ha quedado muy nítida, desde lo alto del puerto las vistas son magníficas: hacia el noroeste vemos el Montardo, al que subimos esta mañana, con la otra cumbre delante, a sus pies el Estany de Port de Caldes y al fondo, un poco más al este, el Aneto cubierto de nieve.


Ya solo queda bajar, el día está radiante y vamos muy bien de tiempo, así que podemos entretenemos por el camino paseando tranquilamente por estos parajes de ensueño. Descendemos junto al curso que desagua el ibón de Port de Caldes y va a parar al lago Mayor de Colomers, donde se sitúa el refugio
al que nos dirigimos.


Nosotros vamos al nuevo, el viejo está junto a la presa y parece que ya no se usa, hacia las cuatro ya estamos allí y comenzamos nuestra rutina.



Etapa 9: Refugio Colomer - Lago San Mauricio 



El undécimo día del mes amanece radiante, estamos teniendo mucha suerte con el tiempo, solo el martes nos llovió, pero fue leve, y nos libramos de lo peor. 


Esta novena etapa de nuestro periplo pirenaico nos llevará al Lago San Mauricio y allí cogeremos un taxi rural hasta Epot, donde pernoctaremos.


En principio no tendría por qué ser demasiado larga ni dura, pero eso tiene fácil arreglo: es cuestión de hacer todas las variantes opcionales que nos tiene Carmina preparadas.


Por el camino veremos muchos ibones, subiremos al Tuc de Ratera (2863) y nos acercaremos al mirador del lago de San Mauricio, con espectaculares vistas.




Comenzamos rodeando el lago hasta el refugio antiguo, situado en el extremo norte, y allí retomamos el GR-11 hacia el este. Como es habitual, la primera mitad del recorrido será subiendo, hasta el Tuc de Ratera, máxima cota del día, y desde allí bajaremos hasta el lago de San Mauricio.



Primero subimos al collado del Cloto, desde donde divisamos ya algunos de los ibones por los que pasaremos. Primero llaneamos por la orilla del lago Largo, dejándolo a la izquierda, y continuamos con el Redondo, y luego subimos al Lago Obago y lo recorremos también por la derecha hasta el final.



Ahora toca subir al Port de Ratera, pero en vez de continuar el GR-11 hacia el este, nos desviamos
hacia el sur, remontando un torrente que desagua un ibón que hay más arriba. Cuando
nos damos cuenta del error, y conseguimos avisar a la cabeza, hemos subido algunos metros
más de la cuenta, y tenemos que volver a bajar un trecho, pero tampoco es para tanto, y a
cambio hemos añadido otro ibón a nuestra lista.




Poco después ya hemos vuelto al GR-11 y seguimos subiendo hacia el puerto. Vemos un grupo de marmotas que silban al vernos, como suelen hacer para avisar del peligro, pero un par de ellas parecen menos tímidas y en vez de huir posan para los fotógrafos. Después de la sesión fotográfica me voy acercando a la más confiada, a ver lo que aguanta, y consigo ponerme a pocos metros, hasta le distingo claramente su simpática carita con esa mirada inteligente.
Desde elprincipio hemos venido oyendo sus característicos silbidos cortos –tres normalmente–, y alguna habíamos divisado a lo lejos, pero nunca desde tan cerca.




Cuando llegamos al puerto paramos para comer algo y descansar un rato. Después emprendemos
la subida al Tuc de Ratera, es opcional, lo que en nuestro idioma particular quiere decir
que subimos seguro. Cuando hubimos ascendido algunos metros, dejamos las mochilas detrás
de unas piedras, apartadas del camino para no llamar la atención y seguimos subiendo más
ligeros. Son 260 metros de ascensión por una escarpada pendiente, pero sin duda merece la
pena. Las vistas desde arriba son extraordinarias, un sinfín de ibones esparcidos en todas direcciones,
las cumbres nevadas del macizo del Aneto, el Montardo, al que subimos ayer…




También divisamos el camino que vamos a seguir hacia el refugio d’Amitges, con los tres lagos, otra de las variantes del día –el refugio no se distingue, pero debe andar por allí–.


La mayor parte del esfuerzo ya está hecha, lo que queda de etapa será hacia abajo, así que podremos relajarnos un poco, aunque bajando de este pico no conviene distraerse.




En el refugio d’Amitges hacemos la segunda parada, es un poco tarde para para comer, pero ha merecido la pena esperar, aquí hay cerveza. El enclave es una maravilla, entre ibones y altos picos, vigilado por las Agujas d’Amitges, imponentes formaciones rocosas que hacen las delicias de los escaladores.






El penúltimo desvío de la etapa nos llevará en una corta subida a un privilegiado mirador sobre el lago San Mauricio, con Els Encantats al fondo, una delicia para los sentidos.




Finalmente bajamos hacia el lago tomando un desvío que pasa por una preciosa y refrescante cascada. Un taxi todoterreno –un Land Robert de nueve plazas, nos lleva por la pista hasta Espot, hoy dormimos en un hostal, en habitación cuádruple, en una cama plegable, un auténtico lujo asiático.







El tiempo pasa rápido cuando estamos disfrutando, ya solo nos quedan dos etapas de pateo y luego la vuelta en coche. Pero a la vez, al volver la vista atrás, los minutos se dilatan, las horas parecen días, los días parecen meses y los meses temporadas. Pareciera que han pasado meses desde que salimos de casa, la multitud de experiencias, de vivencias vividas –vívidas en la memoria– en estos pocos días, llenan de referencias nuestro recuerdo y le dan profundidad. Espot es un típico pueblecito pirenaico de apenas 300 habitantes, muy cuidado y bastante turístico –sobre todo en invierno, por la estación de esquí–, con buenos restaurantes donde se cena espléndidamente. 


Etapa 10: Espot - Refugio Colomina


Por la mañana salimos directamente desde el hostal, pasamos por el puente románico y vamos subiendo por la carretera en dirección a la estación de esquí, pero a poco más de medio kilómetro la abandonamos para tomar un camino que remonta el río Peguera hasta el refugio Josep Maria Blanc.


A partir de hoy ya no nos dirigimos hacia el este, sino hacia el suroeste, vamos ganando altura por
un húmedo bosque de abetos hasta el Estany Lladres, por encima ya de los 2000 msnm, casi seco en este tiempo, donde paramos un momento para comer alguna fruta.



Junto al ibón hay un refugio, de igual nombre, cerrado a cal y canto. Más arriba, en un enclave privilegiado, sobre una lengua de tierra que se adentra en el precioso Estany Trullo, se sitúa el refugio Josep Maria Blanc, donde volvemos a parar para comer algo y descansar un poco.




Esta zona es de las más bellas que hemos visto, los paisajes son auténticas postales, con multitud de ibones de intensos tonos azules entre bosques de abetos y pinos laricios cuyas cristalinas aguas reflejan las altas cumbres pirenaicas.







Aparte de los ya citados, hoy pasaremos por los ibones de la Corveta,  de la Llastra, Negre, de Ferro, del Cap de Port, de Saburó, de Mar y de Colomina, entre otros.




La etapa de hoy será casi entera subiendo, solo al final bajaremos un poco, a partir de la Collada de Saburó (2667), punto culminante del día, hacia el Estany de Mar, que recorreremos por la derecha, igual que el de Colomina, hasta el refugio, situado en su orilla sur.




Cuando llegamos al refugio de Colomina –
cerca de las cinco de la tarde–, con casi quince
kilómetros y más de 1600 m de ascensión
acumulada en las piernas, el recibimiento no es muy bueno, nos dicen que nuestra tarjeta federativa
de la Federación Española no sirve en este refugio de la Federación Catalana, sirve en
los toda España y Europa –recientemente me la admitieron en Grecia– pero aquí no. El cabreo,
obviamente, fue de los gordos, no por el ahorro, que es pequeño, sino por el hecho en sí:
¿acaso en los refugios andaluces –el del Poqueira por ejemplo– no aceptan la tarjeta de la
Federación Catalana?.


Nos quedamos porque no tenemos alternativa, pero pedimos el libro de
reclamaciones –que por cierto no tenían, solo por internet– y le dejamos bien clara nuestra
indignación y repulsa; aunque no sirvió de mucho, solo para desahogarnos.


Un grupo de Cádiz que se aloja aquí esta noche –son de un club de montaña de Construcciones Aeronáuticas–, nos dice que ellos ya lo sabían, hace varios años que ocurre. De coraje, pasamos de pagar los 2.5 € que vale la ducha y nos vamos al ibón a remojarnos: en sus gélidas aguas, creo que las más frías en las que me he bañado nunca, los ánimos también se enfrían, nos relajamos y retornamos a nuestro jovial estado natural.


Mientras tanto Carmina, incansable completamente, sale a ver el camino de la etapa de mañana –¿de qué está hecha esta mujer?–.

Etapa 11: Refugio Colomina – Capdella




Y llega el fin, todo se acaba, nuestra última etapa pirenaica nos conduce hacia el sur, hasta Cabdella, donde hace algo más de una semana dejamos los coches.


Será una etapa corta, y en descenso, después nos esperan 130 Km de carretera hasta Barbastro y no
queremos terminar tarde ni cansados.


Bajamos primero al Estany Tort, un enorme
ibón alargado en cuya orilla vemos los restos
bien conservados de una antigua vía de
ferrocarril –suponemos que se usaría para construir la presa, que se sitúa en el otro extremo–.



Luego nos dirigimos al Estany Gento, y al
refugio que está a su lado, donde tomamos
un refrigerio con un café –es muy pronto
para la cerveza–.




Hasta aquí llega un funicular
desde el embalse de Sallente, construido
para el mantenimiento del sistema hidroeléctrico
del lago Gento.



Luego, como tenemos
tiempo, entramos en un pequeño museo
de la naturaleza adosado al refugio; nos
proyectan un audiovisual y el encargado nos
da explicaciones sobre el Vall Fosca.



Las vías que hemos venido viendo se construyeron efectivamente para las obras de infraestructura
relacionadas con la central hidroeléctrica de Cabdella, la primera que se construyó en Cataluña,
en el año 1914. Aquí le llaman el carrilet, y se usó después para el mantenimiento de las
presas y de las conducciones, todos los ibones de por aquí arriba están conectados, según nos
dice, y tienen turbinas reversibles que pueden subir el agua a los más altos para gestionar la
energía –una colosal obra de ingeniería que sigue rindiendo sus frutos–.



También le preguntamos por el mejor camino a Cabdella, tenemos que bajar al embalse de
Sallente siguiendo el carrilet, y desde allí cruzaremos la presa y habremos de seguir un trecho
por la carretera –no queda otra–, hasta desviarnos en una curva cerrada siguiendo hacia el sur.


A las doce y cuarto estábamos en los coches: fin de trayecto, nos quitamos las botas definitivamente
–para esta travesía, se entiende–. Sin dudarlo hubiera seguido adelante, hasta el cabo
de Creus y más allá, el tiempo que hiciera falta, pero hay que volver a la cotidianeidad, que
también tiene su encanto.


Buscamos un bar –lo primero es lo primero– pero en este minúsculo pueblecito de apenas 30
habitantes no lo hay –y eso que están en fiestas–, el más cercano está en Espui y a él nos dirigimos
–ya en coche, claro–. Después de comer, y de relajarnos un buen rato, partimos hacia
Barbastro, donde llegamos hacia las cuatro. Paseo vespertino y nocturno por esta bella ciudad,
una excelente cena –digna de mención– en el hotel Mi Casa, y a dormir cómodamente: será
fácil acostumbrarse a esto.


La vuelta, como la ida, a pesar de ser muchos kilómetros, no se hace pesada, de nuevo paramos
a comer en el Flunch de Alcalá, aunque los domingos el menú es diferente, y bajamos
tranquilamente por la A4 hasta casita, ahora a volver a la rutina –echaremos de menos las
caminatas, y todo lo demás–.
En total han sido 12 días contando el de ida y el de vuelta, cerca de 150 Km a pie, –solo en las
rutas–, más de 12000 m de ascensión acumulada y quizás más de bajada. La experiencia ha
sido inmejorable en todos los sentidos, lo mejor, sin duda, la compañía, espero poder repetirla
–por otro recorrido, naturalmente–.