miércoles, 31 de diciembre de 2008

Resumen de rutas/viajes por años/meses





En este apartado aparecerán la relación de todas las rutas realizada (viajes internacionales y nacionales, trekking, montañas, senderos, ferratas, barrancos, culturales...y todo tipo de escapada por años y meses, desde el 2008, que fue cuando creé este blog.
En la relación de rutas, las marcadas en rojo corresponden a salidas internacionales.


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jueves, 18 de diciembre de 2008

Playa del silencio, Cudillero (Asturias) Agosto/05



PLAYA DEL SILENCIO ( COSTA OCCIDENTAL ) ASTURIAS




Quizás la playa más bella de España. Eso fue lo primero que pensé al asomarme a ese impresionante acantilado desde el que contemplé los roques de piedra salpicados en el mar, mientras, mi mirada se desplazaba lentamente, y hacía una descripción casi perfecta de esta hermosa costa.


La playa del Silencio está situada entre Luarca y Cudillero , formando parte del Paisaje Protegido de la Costa Occidental asturiana, de ahí que las playas se encuentren vírgenes, sin explotar y sin que el hombre haya alterado su fisonomía natural.



Para llegar a esta playa hay que hacerlo desde el pueblo de Castañeras en la N-632 entre Soto de Luiña y Novellana , del cual sale un camino de tierra que nos llevará directamente hasta la playa del Silencio, tiene forma de concha y una longitud aproximada de 500 metros.
El silencio de esta playa solo se ve perturbado cuando las olas rompen en la orilla y golpean en las innumerables rocas salpicadas por toda la costa.

Desde lo alto del acantilado nos espera una vertiginosa bajada en la que a base de escalones, y siempre mirando hacia la costa, nos acerca cada vez más, hasta que al final , acariciamos su arena, sus piedras y un olor intenso a mar se penetra en nuestro cuerpo, formando parte en ese momento de un espectáculo visual.
La gran mayoría de visitantes que ven esta playa, lo hacen desde arriba, están 10 minutos, la fotografían y se despiden. Esto es como un insulto a un tesoro creado por la naturaleza.


La playa de Silencio hay pisarla, abrazarla, pasearla, divisarla, y sobre todo reflexionar, meditar, pensar; y todo ello mientras pasan las horas sentado en una simple roca sin dejar de contemplar tal belleza.
Si la mirada la desplazamos hacia la diestra nos topamos con una impresionante pared curva que a su vez sirve de abrigo para innumerables aves donde allí descansan en sus nidos, y si la mirada la giramos hacia la dirección opuesta, la vista nos invita a pasear hasta descubrir el final de la misma. Donde parecía que ésta tocaba a su fin, no era más que el principio de la playa más hermosa que jamás mis ojos habían visto. En lo alto un bosque de Abetos se asomaba al mar, en el mar un sinfín de islotes de distintos tamaños y formas dibujaban una imagen difícil de olvidar, y al final de la playa, una pequeña cascada de agua vierte su líquido para morir en la arena, y entre tanto la bruma va acariciando el horizonte y la tarde empieza a caer.
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Playa de cueva, Luarca (Asturias) Agosto/05


PLAYA DE CUEVA, LUARCA ( COSTA OCCIDENTAL ) ASTURIAS


Desde un pequeño porche, sentado, contemplo a mi alrededor, hórreos, cercanos y lejanos, un verde prado salpicado de vacas pasteando, la desembocadura de río ESVA, que con su serpenteo va a morir al mar, y en el fondo, la playa de cueva que en forma de concha protege a esta pequeña aldea y a su rico paisaje.
Este agradable porche está en la fonda de Luis, una confortable casita situada en el corazón de la aldea, que por su excelente ubicación divisa toda la playa, prados y montes.



La playa de Cueva protegida al este por la impactante franja del cabo Busto, en la desembocadura del Canero (o Esva), forma parte del paisaje protegido de la costa occidental asturiana.

Tiene una longitud aproximada de 550 metros, sus aguas son bravas y tanto al amanecer como al crepúsculo los colores, brumas, sonidos del mar y de las gaviotas, hacen de un lugar único para disfrutar de la paz y la tranquilidad en un entorno rural.

Luis que así se llama el de la fonda, es un auténtico vaqueiro, como los de antaño, por la mañana, los camiones cisterna, vienen y recogen la leche que unas pocas vacas dan, descansan en un pequeño establo situado bajo su casa. A mi me invita, ofreciéndome un tarro de leche recién
ordeñada, y en la otra mano, en un pequeño pañuelo me ofrece varios huevos que de forma fresca acaban de poner las muchas gallinas que por allí corretean.


Por la noche, el silencio invade el lugar, solo perturbado por los sonidos que emiten los muchos animales que allí habitan, cuando la marea baja, las rocas escondidas bajo el agua, quedan al descubierto en cientos de metros, salen a la luz las muchas cuevas asentadas en el perfil del cabo, y hace que el lugar se a todavía más hermoso.


Aquí, el paisaje es el valor natural más estimable; su gran encanto radica en el contraste entre la altura y verticalidad alcanzada por sus acantilados, de bordes, con muchos entrantes y salientes como el destacado cabo de Busto.


Se pueden establecer dos grandes tipos de vegetación. En las áreas donde, como en los acantilados, se deja sentir la influencia marina, se desarrollan comunidades herbáceas y matorrales de diferentes tipos, mientras en los niveles superiores aparecen formaciones de abedules y algún que otro roble y alisedas.


La fauna predominante se compone de pequeños mamíferos y aves marinas, entre las que destaca el cormorán moñudo. Además se puede destacar la presencia de salmones en el ESVA. Dicen los del lugar que incluso en ocasiones se han visto algunas nutrias refrescándose por el cauce del río.

Debido a la desembocadura del ESVA, es una de las únicas playas de arena que se desarrolla, debido al entorno inmediato del cauce fluvial.
El Paisaje Protegido de la costa occidental constituye una estrecha franja de territorio, de unos 35 km de longitud y de 1 a 3 km de anchura, que abarca la práctica totalidad de las costas de Cudillero y Valdés, en el límite de los concejos de Valdés y Navia. Su límite meridional se ha situado en el trazado de la N-632 y el septentrional.


Datos interés

Acceso: viniendo desde Oviedo, N-632 dirección Luarca, se cogerá la salida hacia Bustos o bien la primera hacia Luarca, en ambos casos está a unos 6 kms escasos. Yo recomiendo la primera, por la belleza del trazado de la carretera, atravesando un bosque por el cauce del ESVA.
Dormir: en la misma aldea, la única posibilidad son casas particulares habilitadas para turismo rural. En Luarca situado a unos 10 km hay todo tipo de alojamiento. Por motivos obvios en la descripción del lugar, yo recomiendo la primera.
Que hacer: centrándonos solamente en el lugar, esta playa hay que verla desde distintas perspectivas, recorrerla de punta a punta, y subir a los acantilados que se sitúan en los extremos de la misma, la vista desde arriba es impresionante.
Recorrer un pequeño sendero existente junto al río que nos llevará hasta un pequeño hotel, atraviesa un pequeño bosque de castaños.

Para ti Luis.

Costa brava y Dorada en auto-stop (Girona-Barcelona) Julio/79

Mi primer viaje en auto stop
(1979)
(30 días de recorrido): bastante de la costa Brava, algo de la costa Dorada, algo de la costa del Azahar y también de la costa de Almería. Además de Barcelona, Tarragona y Figueras.
Y todo esto con muy, pero que muy poco dinero.


Zona de la Costa Brava


El siguiente texto corresponde a unos de los capítulos del libro "Y sucedió viajando"que escribí en febrero del año 2015 y que lo titulé 
"Mi primer viaje en auto stop (1979)"

Recién llegados de Londres, planeé un viaje de un mes de duración con mis amigos Gregorio y Carlos. Yo por aquel entonces tenía solo diecinueve añitos, pero estaba claro que mi afán por la aventura la tenía muy latente. Así que tras reunirme con ellos, y darle vueltas a la ruta, al final nos quedamos en que  recorreríamos la costa Brava de Girona, y después tiraríamos hacia el sur recorriendo la costa Mediterránea hasta donde nos diera de sí.  

Echamos en nuestras maltrechas carteras solo diez mil pesetas de aquella época (unos sesenta euros de hoy). Estaba claro que era muy poco dinero, pero eso daba igual, nuestro plan era: pernoctar en saco de dormir, viajar en auto stop, comer bocatas y hacernos la comida con el camping gas que llevábamos, pedir dinero cuando no tuviésemos, vender baratijas en mercadillos hippies. Todo eso eran los ingredientes perfectos para prever que sería un viaje de grandes experiencias.

Dicho y hecho, era el mes de Julio cuando partimos hacia Barcelona en aquellos autobuses piratas de la época y que resultaban muy económicos. Nuestras mochilas iban cargadas con todo lo necesario: poca ropa, muchos embutidos, un pequeño botiquín, y sobre todo mucha ilusión y ganas de descubrir el mundo. Los tres vestíamos con ropa hippie de la época, pelo largo y cinta en el pelo. Yo acarreaba una pequeña cámara de fotos en uno de los bolsillos de mi  mochila roja. En el otro bolsillo me asomaba un mapa de carreteras que siempre miraba, estudiaba  y que nunca me cansaba de ojear cuando estaba en casa. Y como no, en el interior de la mochila un radio casete con varias cintas del Tubular Bells de Mike Oldfield. 

Las pocas fotos que tengo de aquel viaje, y que lógicamente carecen de calidad y las tengo en papel.




Ya en Barcelona, nuestro plan inicial de ruta por la Costa brava sería: LLoret de Mar, Roses, Llança, Port de la Selva, Cadaqués, Figueras y Port Bou (haciendo frontera con Francia). Y después hacia el sur siguiendo por la costa, y sin destinos prefijados, iríamos improvisando según necesidades. Y que al final resultaría ser: Sitges (en Barcelona), Pineda de Salou (en Tarragona), Peñíscola (en Castellón) y las playas de San José (en Almería). Fueron treinta días de viaje, e incluso con algunas pesetas de vuelta. Fue un viaje rico en vivencias, y sin lugar a dudas me creó una sólida  base para viajes posteriores.

Desde Barcelona cogeríamos un autobús que nos llevaría hasta LLoret de Mar, y a partir de ahí empezaría nuestro periplo por toda la costa. Serían las doce del mediodía cuando llegamos  a este enorme antro turístico. Había muchos extranjeros, sobre todo alemanes, franceses y holandeses. Nosotros, tres sevillanos desaliñados parecíamos no encajar en aquel enjambre turístico. Nos dirigimos hacia la playa, y empezamos a andar hasta encontrar una zona tranquila y sin mucha gente. Dimos con una pequeña playa flanqueada por un par de pequeños riscos. Ese sería nuestro lugar para pasar un par de días. Abrimos nuestras mochilas y sacamos todos los avíos necesarios para preparar una exquisita comida: sopa de sobre, unos espaguetis, unas salchichas y todo esto aderezado con un simple tomate frito de bote. En medio de aquella calita, cogimos nuestro camping gas y a calentar la comida. Algún guiri que pasaba junto a nosotros nos miraba con cara de asombro y creo que en voz baja decía “vaya pinta que tienen esos tres hippies”. Una vez hecha nuestra sagrada digestión, nos despelotamos y a zambullirnos en el agua durante un buen rato. De vez en cuando salíamos para tostarnos al sol, y a los pocos minutos de nuevo al mar. Con los últimos rayos de sol apagándose en el horizonte, encendimos una pequeña fogata, abrimos nuestros sacos, y Carlos de forma sorprendente nos dio para beber de una pequeña petaca un sabroso licor, que dicho sea de paso, no sabíamos que era, pero que nos entró bien.  Con un cielo estrellado, y con el sonido de las olas del mar nos metimos en nuestros sacos y nos echamos a dormir.

Por la mañana, el graznido de las gaviotas revoloteando sobre nuestras cabezas nos hizo despertar. Algún que otro pescador se dirigía hacia nosotros y en un catalán castellanizado nos daba los buenos días. Aunque con las pintas que llevábamos más de uno hubiera salido corriendo.  Después de estirarnos y desperezarnos un rato salimos del saco y encendimos el camping gas para servirnos nuestro bien merecido desayuno. Nos aseamos en el mar, recogimos los bártulos y con las mochilas cargadas nos fuimos a recorrer LLoret. La playa principal ya se estaba llenando de gente, con lo que nosotros aprovechamos para callejear un poco y contemplar los muchos garitos y discotecas que había por la zona. Estaba claro que nosotros no seríamos clientes de aquellos embellecidos lugares, parecía ser el destino de ligones de playa, y nosotros, francamente con esas pintas, poco o nada íbamos a ligar.

El día fue pasando y entre sentada y sentada de aquellos  colgados del sur, la noche de nuevo cayó, y como era de esperar, nuestras camas nos estaban esperando en el mismo lugar que la noche anterior. 

Al día siguiente salimos a la carretera y nos pusimos a hacer auto stop con dirección a Roses. Después de casi una hora sin que nadie nos cogiese decidimos separarnos, ya que pensábamos que haciéndolo de forma individual tendríamos más oportunidades. Pero claro ¿Cómo quedábamos?, ¿dónde nos veíamos? Por aquel entonces eso de los móviles no estaba ni en periodo de estudio. Se me ocurrió una idea, y pensaba que sería factible.
-Como no conocemos nada de nuestro siguiente destino, lo que si hay siempre es un cuartel de la Guardia Civil, por lo que allí quedaremos- dije yo.
-¿Y a qué hora quedamos?- contestaron al unísono Carlos y Gregorio.
-Ya está-, pensé yo.
Como no sabíamos a qué hora llegaría cada uno y lo que tardaría en llegar.
-Quedaremos en las horas impares, de ese modo tendremos un poco de libertad, y no tendremos que estar como estatuas petrificadas en el cuartelillo-, les contesté.

Perfecto pues allá vamos. Yo después de quince minutos de colocar el dedo me cogieron  un matrimonio de Barcelona. Eran jóvenes, y dos grandes viajeros. De hecho el había viajado bastante en auto stop, y por eso me paró. Iban para Girona, con lo que me dejaron allí. Me recomendó un buen sitio donde me podrían parar fácilmente. Hasta allí me llevo. Efectivamente, a los diez minutos me pararon de nuevo, en esa ocasión tres jóvenes de Castellón que iban a pasar varios días de vacaciones a Roses. Uno de ellos me comentó que si me importaba que se liara un canuto, a lo que yo le dije que no. A los pocos minutos el coche parecía ir mareado de tan intenso olor. Menos mal que ya estábamos cerca de Roses, francamente, me preocupaba aquella fumada.

Me dirigí hacia el cuartelillo, y después de un buen rato fueron apareciendo mis dos compañeros de viaje. Ya los tres juntos nos dirigimos hacia la costa y empezamos a andar y andar hasta que dimos con una pequeña cala. Dejamos todo nuestro equipaje y nos metimos en el mar.
-¡Ay, ay!- exclamó con un fuerte grito Carlos.
-¿Qué te pasa Carlos?-, rápidamente le contestamos los dos.
-Me he clavado un erizo de mar en la planta del pie.
Cuando nos dimos cuenta, las rocas por las que habíamos entrado al agua estaban llenas de negros y hermosos erizos  de mar. Con mucho cuidado cogimos a Carlos y lo sacamos hacia afuera. Saqué de mi mochila el botiquín, y de dentro unas pinzas. La planta de su pie estaba con algunas púas clavadas. Poco a poco y con algún grito de vez en cuando se las pude quitar.

Corría una pequeña brisa. Encendimos una pequeña hoguera y empezamos a comer. Cada cual fue contando las aventuras vividas en ese día de auto stop. La jornada fue larga así que nos echamos a dormir. A eso de las dos de la madrugada, una linterna nos estaba alumbrando, a la misma vez que una metralleta nos apuntaba de forma amenazante. Era una pareja de guardias civiles, nos pidió la documentación, y nos preguntó que hacíamos allí. Desde hacía varios días estaban robando por la zona, y claro, nosotros tendríamos pinta de “chorizos”. Uno de ellos era de Jerez de la Frontera, con lo que al poco tiempo ya estábamos hablando de Andalucía, y la conversación se fue extendiendo de forma amigable entre los cinco trasnochadores. Se despidieron de nosotros y a seguir durmiendo.

El día siguiente lo pasaríamos entero en Roses, visitándolo y de playa en playa. Poco a poco nos íbamos tostando de tanto sol. Por la noche a la misma cala a dormir, y al día siguiente a la carretera con dirección a  Cadaqués. Pusimos el dedo y tuvimos suerte, nos paró una pequeña furgoneta, que nos dejaría en el cruce de Port de la Selva. Desde allí solo había diez kilómetros hasta Cadaqués, con lo que decidimos ir andando. Menos mal que era cuesta abajo, porque las mochilas iban cargadas con bastante peso.

Ya en el pueblo del pintor Salvador Dalí, recorrimos sus callejuelas y disfrutamos de unas cervezas junto a un grupo de franceses, que al igual que nosotros estaban recorriendo la Costa Brava. Eran de París, tres chicos y dos chicas. Chapurreaban un poco de español, con lo que entre cerveza y cerveza no dejábamos de charlar. Iban para Barcelona, pero querían hacer varias paradas por la costa. Al igual que nosotros, iban durmiendo en saco y preferentemente en las playas, solo que ellos llevaban coche. Avanzada ya la tarde nos fuimos todos  a buscar un alojamiento gratis y con vistas al mar. Andando por la playa llegamos a una zona de arboleda y que estaba junto a la misma costa. Allí decidimos colocar nuestro campamento. Buscamos un poco de leña e hicimos una fogata. Tumbados todos alrededor del fuego, uno de los franceses sacó de su mochila una botella de whisky, otro unos canutos, y nosotros la música de Mike oldfield. Una de las chicas, rubia con ojos azules, y con no mucho más de veinte años sacó de su bolso una pequeña flauta, y la otra  de nombre Marí  empezó a cantar con una dulce voz. Aquello parecía una comuna de ocho hippies desmelenados.

Las horas pasaban, y ya de madrugada más de uno iba cargado de tanto alcohol y no menos fumarada. De repente, Marí empezó a desabrocharse una ligera camisa de color blanco, después una pequeña falda de color azul, y poco a poco se quitó toda la ropa, a continuación la amiga hizo lo mismo, y ambas se dirigieron al mar. Uno de los franceses ya se había quedado dormido, pero los otros dos  reprodujeron la escena de sus dos compañeras y juntos se fueron al agua. Los alaridos en la lejanía se mezclaban con los gemidos de placer, y así durante un buen rato. Nosotros ya casi dormidos escuchamos un grito de socorro (en francés). Era Marí que se estaba ahogando (o eso es lo que nosotros pensábamos). Gregorio se había quedado cuajado  de tanto alcohol con lo que no se enteraba de nada, así que Carlos y yo pegamos un salto y nos dirigimos al mar para auxiliarla. Cuando llegamos a la orilla vimos a los cuatro allí tumbados, con el agua acariciando sus rodillas, y en una mezcla de cuerpos, ellos se besuqueaban y se acariciaban los unos con los otros, sin casi distinguir quienes eran cada uno. Estaba claro que aquel grito que habíamos escuchado no era de auxilio, sino todo lo contrario era un grito de placer.

Ya avanzada la madrugada por fin nos pudimos dormir. Por la mañana, más de uno resacoso, poco a poco nos fuimos levantando. Pusimos a calentar un poco de café, y con unas galletas desayunamos. Las miradas de Marí y de su compañera estaban un poco perdidas, nos intentaban esquivar, quizás no se sentían bien por lo sucedido en la noche anterior. Fue demasiado alcohol lo que más de uno bebió, y además unido a otros placeres, el resultado fue evidente.
Carlos, Gregorio y yo escondimos nuestras mochilas entre unos matorrales, y todos juntos nos fuimos hacia Cadaques. Los franceses ya partirían hacia otro destino, cogieron su coche, y nos despedimos de ellos, sin antes decirles:
-Cuidado con el alcohol, que trae malas consecuencias nocturnas
Ellos sonrieron, y con un fuerte abrazo nos dijimos ¡hasta pronto!
En Cadaqués, paseando por sus calles, le contamos a Gregorio todo lo sucedido en la noche anterior. Él tampoco quedó excesivamente sorprendido por aquella historia, ya que él, siendo el más hippie de todos nosotros nos contó una experiencia similar y que vivió en primera persona un año atrás con unos alemanes en la costa italiana. Debo de decir que Gregorio era el mayor de todos nosotros, tenía 24 años, y ya llevaba rodado bastante por el mundo. Paseamos por el coqueto puerto e incluso tuvimos suerte, ya que se acercó un señor del pueblo, dueño de una barquita y se ofreció a darnos una vuelta bordeando la costa, por unas pocas pesetas. Era extraño que nos lo hubiera ofrecido, ya que con las pintas que llevábamos, creo que daríamos hasta miedo. Después lo entendimos. Su hijo, también desaliñado, algo hippie y aventurero, estaba viajando por Europa y ya llevaba varias semanas.

Ya por la tarde compramos algo de comida y nos dirigimos hacia nuestro  campamento. Por el camino íbamos pensando: ¿seguirán las mochilas allí? Suerte, estaban intactas. Encendimos nuestro camping gas, y en esa ocasión tocó comer un arroz a la cubana con un par de huevos fritos. Era la hora de soñar, estábamos cansados, así que abrimos nuestros sacos, y con la música de Mike oldfield nos quedamos dormido.

Nuestro siguiente destino era LLança, pero al ponernos en la carretera y después de algo más de media hora haciendo auto stop, nos paró un coche que se dirigía al Port de la Selva. De este modo aprovecharíamos para visitarlo, y darnos un chapuzón en su pequeña playa. Por la tarde nos fuimos hacia LLança. Después de un rato de poner el dedo y no parar nadie, decidimos andar los ocho kilómetros que los separaba. Llegamos ya de noche, así que lo que hicimos fue ir directamente para una playa y allí dormir. No había arena, solo unos chinarros y unas pequeñas piedras en forma de bola. Aquello no resultaba nada de cómodo, pero era tarde y de noche, no pudimos buscar otro sitio, así que como pudimos y entre vueltas y vueltas nos echamos a dormir.

Por la mañana nuestros cuerpos estaban reventados y parecían estar agujereados de tantos guijarros. La cara con alguna telarañas, algún que otro picazón en el brazo, un pie hinchado de una torcedura del día anterior. En fin, entre los tres sumábamos un buen número de descosidos. Nos levantamos, nos miramos y sin pensarlo dos veces nos quitamos la ropa y nos fuimos al mar. Tras un largo chapuzón, un buen desayuno contemplando el romper de las olas del mar. Recogimos nuestras mochilas y nos dirigimos al centro de LLança.

Paseando por el pequeño paseo marítimo, una pareja de policías nos paró, pidiéndonos la documentación. Empezaron a preguntar: ¿Qué hacéis por aquí? ¿Dónde estáis durmiendo? ¿De dónde sois?  Mientras uno seguía interrogando, el otro policía se retiró algunos metros llevándose nuestros carnets de identidad. Estaba dando nuestros datos a la jefatura central por si éramos sospechosos de algo. Estaba todo en regla, nos entregó nuestra documentación. Incluso aún así nos hizo abrir las mochilas y sacar todo su contenido. Esparcida por el suelo la ropa sucia, enseres de comida, botiquín y otras tantas cosas que llevábamos dentro. La gente que por allí pasaba nos miraba como delincuentes, traficantes, ladrones o algo similar. No encontraron nada en las mochilas, no podían encontrar nada raro. Éramos tres hippies del sur, desaliñados, desmelenados pero legales y no teníamos nada que ocultar. Nos hicieron recoger todo y sin problemas nos dejaron marchar.

Era ya la hora del mediodía y el hambre asechaba nuestros  estómagos  vacíos. Ese día íbamos a hacer una excepción y comeríamos en un pequeño bar restaurante. Un menú barato que calentaría nuestros cuerpos. Un sosegado café sentado en la terraza de un bar tomando el sol, y aprovechando para escribir algunas de las odiseas de tan aventurado viaje. Cerca de nosotros una pareja de un chico y una chica, ambos de poco más de veinte años. Nos empezaron a hablar y a preguntarnos de donde éramos. Cosa bastante evidente por nuestro acento. Al poco tiempo estábamos inmersos en una conversación viajera. Ellos eran de Barcelona, y en ese momento iban de viaje por Europa. Todos los veranos salían fuera a recorrer países. Montse, que así se llamaba ella, nos contaba las historias vividas en  muchos rincones del viejo continente. Yo estaba ensimismado escuchándola, y en voz baja yo me decía: ¿seré capaz  de recorrer todos estos países algún día?

Después de casi tres horas de charla nos despedimos de ellos y nosotros nos fuimos a la playa a remojarnos un rato. Con el sol escondiéndose en el horizonte, empezaríamos a buscar un buen sitio para pernoctar, algo más liso, más cómodo que el día anterior. Ubicados en los arenales de una pequeña playa, allí los tres solos y con la noche caída pusimos nuestros sacos, y nos echamos a dormir tras un rato de charla y algo de comer.

A la mañana siguiente nos pusimos por separado a hacer auto stop. Nuestro siguiente destino sería la pequeña localidad de Por Bou, haciendo frontera con Francia. Yo tuve suerte, rápidamente me cogió un camionero que iba al país vecino. Eran solo unos veinte kilómetros los que había de distancia. Ya casi al mediodía nos reunimos de nuevo los tres.  

En esta pequeña localidad fronteriza se respiraba un ambiente cosmopolita. Eran muchos los extranjeros que se veían por las calles, sobre todo franceses, y bastantes de ellos, al igual que nosotros con la mochila a cuestas. Sin darnos cuenta habíamos contactado con una comuna de hippies: alemanes, holandeses, franceses, algún inglés, e incluso una chica de Suecia. Seríamos unos quince en total. Algo más de la mitad eran hombres y el resto mujeres. Poco a poco nos incorporamos al grupo. Casi todos eran rubios, altos, con pelo largo y entrenzado, algunos con pendientes, otros con coleta. Las chicas todas con ojos azules, algunas de ellas guapísimas. Nosotros éramos los más bajitos, pelo castaño y los únicos latinos. Como dato curioso, uno de los chavales llevaba junto a su mochila una gran escoba, ancha y larga. Cada vez que nos movíamos y pegábamos una nueva sentada, él se encargaba de barrer y limpiar nuestros aposentos. Ya por la tarde nos fuimos todos a una cala cercana a la playa de Port Bou. Cuando llegamos estaba plagado de otros tantos viajeros, que al igual que nosotros se quedarían allí a dormir. Cada uno fue cogiendo un hueco en la arena, y poco a poco la cala quedo inundada de huéspedes. Se fueron haciendo grupos, y cada uno con una fogata encendida. Algunos tocaban la guitarra, otros la flauta, algunos bailaban, otros cantaban. Esa cala se había convertido en una verdadera comuna improvisada. El olor a yerba se olía a cada palmo y las botellas de alcohol no paraban de pasar de un sitio a otro. Ya bien entrada la madrugada la gente fue cayendo uno tras otro.

Por la mañana, recuerdo que me levanté pronto. Cuando miré a mí alrededor, vi decenas de sacos de dormir repartidos por toda la cala. A los diez minutos una pareja de la Guardia Civil se acercó al lugar donde nos encontrábamos. Según avanzaban por la cala iban despertando a todos los dormilones, estos al ver a la pareja uniformados se incorporaban, pero cuando los guardias civiles seguían andado de nuevo se volvían a acostar. Nos estaban echando de esa cala, ya que los bañistas poco a poco irían llegando.

Tengo la imagen grabada de aquella escena en la que los guardias civiles nos despertaron a todos y cuando llegaron al final de la cala y se dieron la vuelta; ¡sorpresa!, todos los hippies de nuevo estaban acostados.
Pasaríamos todo el día en Port Bou, entre playas y centro, entre charlas y risas, algunos momentos en grupo y otros solos. Incluso tuvimos la tentación de pasar al país vecino. Pero con el poco dinero que llevábamos, no nos atrevimos.

Con dirección hacia el sur, nuestro destino para el día siguiente sería Figueres. Queríamos visitar el museo Dalí. En esa ocasión cogeríamos un autobús que nos llevaría directamente hacia esa ciudad. Una vez en la pinacoteca pudimos disfrutar de las maravillosas obras de arte de tan genial artista. Pasaríamos todo el día en la ciudad. Y para dormir esa noche un lujo, nos fuimos a una pensión muy barata ubicada en el mismo centro. Una pequeña habitación con tres camas, y un baño a compartir en medio del pasillo. El lugar era bastante cutre, pero para nosotros era todo un lujo. Por fin nos íbamos a duchar con agua ¿caliente? Cuando se metió Carlos, que fue el primero, y pegó el grito:
-¡Joder!, no hay agua caliente, avisad a recepción.
Baje rápidamente y hablé con el muchacho. Le expliqué lo que pasaba, y él en un catalán cerrado me dijo que si queríamos agua caliente tendríamos que pagarla aparte. Pensé yo, ni que estuviéramos en Cataluña. Subí para arriba, me dirigí al baño y en un andaluz con acento catalán le dije:
-Carlos, ¿Qué prefieres? Agua caliente y dos días sin comer, o un baño frío y las mochilas cargada de comida.
El me entendió fácilmente, y en un andaluz irónico me contesto.
-¡Menuda mariscada nos vamos a pegar mañana!
Ya con los cuerpos entrecortados de tanto frío, nos pusimos ¿guapos? Y por la noche nos fuimos a conocer Figueres la nuit. ¿Ligaríamos algo?, posiblemente un resfriado.

Para el día siguiente nos íbamos a Sitges, a unos treinta kilómetros al sur de Barcelona. Sería un día largo y muchos kilómetros por recorrer. Así que de nuevo nos separaríamos hasta vernos en la puerta del cuartelillo de Sitges, como ya hicimos en otras ocasiones. Cada uno se tendría que buscar la vida: ir en auto stop, coger el autobús, el tren…

Yo cogí un autobús que me llevo a la salida de Figueres con dirección Barcelona. Una vez allí me puse en la carretera junto a una gasolinera, y a poner el dedo. Quince minutos, media hora, una hora y media, ya estaba desesperado, no paraba nadie. Por fin, al poco me paró un coche alemán. ¡Sorpresa!, Carlos iba dentro del vehículo. Eran dos muchachos de Múnich y se dirigían a Valencia, con lo que nos dejarían directamente en Sitges. Una vez allí nos dirigimos hacia el cuartelillo, Gregorio no estaba. Como todavía quedaba bastante para la hora impar nos dimos una vuelta por el pueblo. Regresamos de nuevo al cuartelillo y Gregorio seguía sin estar allí. Ya habían pasado demasiadas horas, y algo raro podía haber sucedido. De nuevo otra vuelta por Sitges y a la siguiente hora impar de nuevo allí. Por fin estaba Gregorio.
-Que ha pasado, ¿Por qué has tardado tanto?
-¡Uf!, vaya historia, me colé en el tren hasta Barcelona, y el revisor me pilló, me dijo que tenía que pagar el billete, yo le contesté que no tenía dinero, así que me hizo bajar en la siguiente estación. Después tuve que andar un buen rato hasta dar con la carretera que iba a Barcelona. Una vez allí me paró un coche pero solo me llevó hasta Premia de Mar. Por fin se apareció el ángel de la guarda y paró un coche que iba para Castellón… y aquí estoy.

Era por la tarde ya avanzada y en Sitges se respiraba bastante ambiente de playa, así que teniendo en cuenta el día tan duro que habíamos tenido, decidimos buscar algo muy barato para dormir. Preguntando y preguntando por el pueblo, una señora nos dijo que conocía a otra vecina que nos podía alojar. Nos dirigimos a su casa, esas casas antiguas de vecinos. Tenía una habitación para compartir los tres: una cama de matrimonio y otra pequeña. La señora era una anciana de ya bastantes años, cobraba muy pocas pesetas por acoger en su casa, y más nosotros que solo ocuparíamos una habitación. Vestía de negro, por el luto de su marido que recientemente había fallecido. Nos hablaba en un catalán cerrado, y que a fuerza de pegar mucho el oído nos podíamos enterar. Se veía una buena señora. Nos duchamos (con agua caliente), nos pusimos otra vez casi guapos y fuimos al saloncito que tenía la casa. Una vez allí, la viejecita nos presentó a sus nietos, Henry y Joan de 25 y 30 años respectivamente. Tras un rato de charla, nos acompañaron hasta algunos bares de “marcha” que había por la zona. Una cerveza, una más, otra, otra más, ¿será la última? Estos catalanes les iban la marcha. Tras varias horas callejeando y bebiendo por las ambientadas arterias  de Sitges nos fuimos a dormir. Una vez en casa, la abuelita nos había dejado una nota encima de la mesa en la que decía “decidme a qué hora os queréis levantar mañana, y os pondré un delicioso desayuno”. A todo esto, nos costó entenderlo ya no solamente por la grafía, sino porque algunas palabras estaban en catalán. Lógicamente contestamos a tan cariñosa nota. “a las 10”, le pusimos.

Ya en la habitación, tocaba echar a suerte quien dormiría en la cama pequeña. Vaya, que suerte, me tocó a mí.  Por la mañana nos tenía preparado un exquisito desayuno: zumo de naranja, pastelitos, tostadas y café con leche. La abuelita se sentó con nosotros, y nos empezó a contar el por qué de su luto. Además de por su marido, su hijo había fallecido en un accidente de tráfico cuando viajaba por Sudamérica. De algún modo nosotros le habíamos recordado a su querido hijo, era un incansable viajero. Creo que el estar sentada con nosotros le recordaba  a él, incluso en algún momento se emocionó, sin poder evitar que alguna lágrima se le escapase. Tras un largo desahogo que duraría casi dos horas, ya nos despedimos de ella, dándole un fuerte abrazo a aquella desconsolada abuelita. No hubo forma de pagarle el desayuno, solo el dormir, nos insistía ella.

Durante todo el día visitaríamos Sitges y algunas de sus playas, ya por la tarde teníamos que buscar algún sitio donde dormir. Andando, andando por la costa llegaríamos a una cala, en las que había unas pequeñas oquedades. Pensamos, este será nuestro alojamiento. Nos metimos en una de ellas, y allí dejamos nuestras mochilas. Cerca de nosotros, había un muchacho de nombre Manuel, también melenudo y con pinta de dormir en la misma cala. Era de Tarrasa y estaba pasando algunos días por la costa catalana. Cuando el día se empezó a obscurecer, sacamos nuestros enseres de cocina y alguna cosa pudimos comer (los víveres cada vez más escasos). Llamamos a Manuel para que nos acompañara y ofrecerle algo de lo poco que teníamos. Según nos contó, se había peleado con su novia, justo antes de irse de vacaciones y estaba algo deprimido, con lo que preparó algunos bártulos y sin pensarlo dos veces se fue de casa. Iba a empezar en la Universidad los estudios de ingeniería, aunque no se veía demasiado animado, estaba obligado por sus padres. Yo al igual que él, tres meses después empezaría esos mismos estudios en la Universidad de Tarragona. Iría con beca, la misma que había tenido en los cinco años anteriores en Sevilla (eran las antiguas becas de las universidades laborales). Tras una larga charla de las historietas contadas por cada uno, la lumbre de la fogata cada vez más apagada y algunos minutos después abrimos nuestros sacos y nos echamos a dormir.

Al día siguiente partiríamos hacia Tarragona, y más concretamente a Pineda de Salou, a diez kilómetros escasos de la capital. La idea era acercarnos a la universidad en la que estudiaría los años siguientes.  Del mismo modo que hicimos en otras ocasiones, nos separaríamos y cada uno de nosotros se iría haciendo auto stop de forma individual. Sobre el mediodía nos dimos cita en aquella localidad, y cada uno contó cómo  había llegado. Ya en la playa anduvimos algo  más de los seis kilómetros que distaban hasta la universidad y que estaba en la misma costa. Rodeada ésta de un grandioso complejo petroquímico, y con unas larguísimas tuberías de desagüe que iban a parar al mar. Mirando al cielo, una inmensa nube de contaminación salía por unas tantas chimeneas en las que algunas escupían fuego y otras una gran cantidad de humo. Ya en la universidad entramos a verla. Paseando por muchos de sus rincones, aprovechamos para entrar en el bar y charlar un poco con el camarero. En el mes de octubre ya estaría allí.

Volvimos de nuevo hasta Pineda de Salou, en la que aprovechamos para bañarnos en el mar y ya quedarnos por la playa para dormir esa noche.

A la mañana siguiente pegaríamos un gran salto hacia el sur, nuestro próximo destino sería Peñíscola, ya en la provincia de Castellón. En esa ocasión probaríamos suerte con el tren. Así que nos dirigimos a la estación de Tarragona y allí cogimos un tren que nos acercaría lo máximo  posible a Peñiscola. No sacamos billetes, con lo que todo el tiempo íbamos pendiente del revisor. Si lo veíamos, nos movíamos por los vagones del tren. Incluso aprovechábamos algunas paradas para desplazarnos a los furgones delanteros o traseros según el caso. Ya por la tarde llegaríamos a Peñiscola.

Una vez allí, y después de disfrutar del encantador callejeo y las impresionantes vistas del castillo del Papa Luna nos fuimos hacia la playa buscando un buen sitio donde dormir. Junto a ésta, encontramos una pequeña arboleda donde antaño había ubicado un camping. Perfecto ese seria nuestro hotel. Una vez allí conocimos a Pablo, un hippie, niño de papa que quería ir andando a París. Hijo de un terrateniente de Orihuela, él era alto, muy alto, pelo largo, con algunas trenzas de color distinto al rubio de su pelo. Vestía especie de una túnica, y la mitad de las veces iba descalzo. Era un personaje peculiar, pero culto, muy culto. Era diplomado en económicas y licenciado en derecho, y ambas carreras las cursó al mismo tiempo. Al ser un niño de bien fue obligado por voluntad de la familia a terminar ambas carreras. Una vez finalizadas, se quería  librar de aquellas pesadas cadenas. Con muy poco dinero quería llegar hasta París, y para ello en cada localidad que parase vendería algunas pulseras, collares, anillos… todos diseñados de cobre. Así que después de una extensa charla quedaríamos al día siguiente para vender todas estas artesanías en los tenderetes de un mercadillo hippie. Ya bien entrada la noche nos echamos a dormir bajo aquellos frondosos árboles.

Por la mañana cogimos todos nuestros bártulos y no dirigimos hasta el centro de Peñíscola, allí desplegamos todos nuestros artilugios y pusimos el tenderete. Mientras que uno vendía, los otros cogían los alicates, un rollo de cobre y con mucho ingenio íbamos diseñando algunos collares. Increíble, habíamos vendido unos pocos abalorios, así que al mediodía, y una vez terminado nuestro trabajo nos fuimos a comer. Mientras comíamos, Pablo nos contó que salió de Orihuela hacía ya casi un mes, y que no tenía una fecha prefijada de cuándo llegaría a Paris, tampoco le preocupaba, lo importante para él, era pasar varios meses de aventura fuera de su casa y experimentar muchas sensaciones que hasta aquel momento no había vivido. Su familia era rígida y disciplinada.

Por la tarde nos fuimos a la playa, los cuatro formamos un pequeño corro al que se unieron algunos otros despistados que andaban por allí. Uno llevaba una guitarra, otro un instrumento musical de cuerda, ambos empezaron a tocar, dándole una entonación algo oriental. Nosotros para cambiar, lo único que podíamos hacer era poner el oído o sacar de nuestra mochila aquellas canciones de Mike Oldfield  que tantas veces habíamos oído.

Llegada la noche seguiríamos  todavía en el mismo lugar, allí tenderíamos nuestros sacos y nos echamos a dormir. Yo, tumbado boca arriba, no dejaba de contemplar tan espectacular cielo estrellado. De vez en cuando cerraba los ojos y me ponía a soñar sobre todos los lugares que había en este mundo, y que posiblemente nunca  podríamos descubrir. Abría los ojos, y a la misma vez pensaba en todas aquellas experiencias que estábamos viviendo en tan apasionante viaje.

Sin  un destino concreto, al día siguiente nos fuimos hacia la carretera y los tres nos pusimos a hacer auto stop. No llevábamos ni una hora cuando nos paró una pareja de franceses: Chantal y Herve. Él era un muchacho delgado, un poco bajito, pelo rubio muy largo y rizado. Ella, ¡que podría decir de ella!, era una francesa despampanante, también rubia, y más alta que él. Ambos lucían varios pendientes, ropa ancha y de colorines. Tendrían en torno a los veinticinco años. Conducían una pequeña furgoneta, como aquellas de los años sesenta con pintadas en su exterior. Algunos dibujos representaban las míticas frases de los ideales hippies de aquellos años: paz, amor y libertad.
Nos presentamos a tan majísima pareja, y tiramos hacia el sur.
-¿A dónde vais?-, nos preguntó Herve en un español más o menos entendible.
-Donde vosotros nos dejéis-, contestamos.
-Nosotros queremos ir hasta Almería, dijo Herve.

Pues todos juntos para Andalucía. Pasado Murcia nos cayó la noche, y junto al borde de una carreterilla local nos echamos a dormir. De madrugada se oía en la lejanía los aullidos de los lobos. Por la mañana proseguimos nuestra marcha hasta las playas de San José: Monsul y los Genoveses. Allí estuvimos unos cuatro días conviviendo en unas calas nudistas que había por la zona.
Con Chantal y Herve congeniamos tanto que una vez que salimos de Almería todos juntos nos fuimos hasta Sevilla.

A la altura de Loja hicimos una parada para pernoctar. Antes, daríamos un paseo por el pueblo. Chantal que siempre vestía con una fina camisa y totalmente transparente era la mirada inevitable de todas las personas del pueblo. Ya por la noche dormiríamos en un pequeño trigal que había por las afueras de Loja.
Una vez en Sevilla estuvieron pernoctando en mi casa durante algunos días…Hicimos una entrañable amistad, hasta el tal punto que en las navidades siguientes volvieron a Sevilla y todos juntos nos fuimos varios días por Sierra Nevada y Granada.

En la primavera de 1980 recibimos una carta de Herve. Una fatídica noticia nos transmitía tan tiernas palabras. Chantal había muerto en un trágico accidente de carretera. En ese momento me vinieron a la mente muchos buenos recuerdos vividos en aquellas playas de Almería. Esas noches estrelladas bajo la luna, aquellas risas permanentes correteando por la playa, la dulce voz de Chantal ofreciéndonos algo de té, y las penetrantes miradas de amor de aquella pareja de franceses. Ahora que estoy escribiendo estas líneas recuerdo sus caras, sus sonrisas, su generosidad, su armonía…Descanse en paz.



Valle de Ferrera, pallars sobirá (Lleida) Agosto/06


RUTA POR EL VALLE DE FERRERA, PALLARS SOBIRA, PIRINEOS DE LLEIDA


LAS MONTAÑAS MALDITAS DE TOR


El valle de Ferrera se encuentra en la comarca catalana del Pallars Sobirá, provincia de Lleida.


Situándonos en la localidad de Llavorsí sale una carretera hacia los valles de tabascan y Ferrera, a sólo 5 kilómetros a la derecha nos adentramos hacia el valle.
Éste es quizás el menos turístico de todos los valles del Pirineo, pero sin lugar a dudas es uno de los más bellos.
Estrecho, con grandes gargantas y con los picos más altos de toda Cataluña ( Pic d´Estats con 3143 metros ).



Este valle prácticamente deshabitado y en algunos lugares incluso fantasmagórico, nos da la sensación de estar perdidos entre las montañas.
Cuando se entra en el valle, las siluetas de las altas montañas al fondo nos impresionan, decenas de caminos a ambos lados de la carretera nos avisan de las muchas rutas que se pueden recorrer. A pocos minutos llegamos a Alins, con sus 70 habitantes está situado en el primer ensanche del valle, en el margen izquierdo del río. La visión del pueblo con el puntiagudo campanario, el majestuoso Monteixo, y con las colinas que marcan el valle, nos impresiona .
Una vez pasado el pueblo, la carretera se divide en dos. Una que nos lleva hacia Areu y la otra al valle de Tor.

El valle de Areu es suave y frondoso, y en este lugar los habitantes presumen de tener los lagos más altos de todo el Pirineo, y con toda la razón ya que la media rondan los 2500 metros de altura.
El Pueblecito de Areu está formado por dos núcleos de población. El primitivo o la força que está situado más arriba del núcleo principal formando un recinto amurallado. En la parte baja y situada en el valle destaca por su esbelto campanario la otra parte del pueblo.

Al final del pueblo sale una pista de tierra que nos lleva directamente a una pequeña explanada donde podremos dejar el coche. A partir de aquí con un todo terreno se podrá circular, nosotros aparcamos y nos dispusimos a caminar durante una hora hasta el pla de la selva.

El camino atraviesa un pequeño bosque de abetos, y tras pasar un riachuelo se abre un extenso prado salpicado por cientos de mariposas de todos los colores revoloteando sobre las muchas flores allí existentes.


Después de disfrutar de una variada flora, y de una fauna abundante llegamos al Pla de la selva.
Un abierto valle nos daba la bienvenida, un lugar realmente fascinante. Pequeños bosquecillos aislados bajo unos impresionantes picos de 3000 metros de altura. Aquí aprovechamos para comer unos bocatas y mantener una conversación con un montañero que acababa de coronar una de las cimas.
Volviendo nuestros pasos a la localidad de Alins recorreremos ahora el valle de Tor por la segunda carretera que comentamos anteriormente.

La distancia que separa estos dos puntos son de 13 kilómetros, y se hacen interminables. La carretera empieza a subir con grandes repechos y así seguirá hasta llegar a Andorra.
El paisaje aquí es espectacular, es único. Apartado de toda civilización, las gargantas aparecen sin avisar y el río fluye con fuerza pendiente abajo.
Ya son las cuatro de la tarde y aún estamos sin comer, solo quedan dos kilómetros para llegar a Noris, allí picaremos algo.
Un cartel derruido en el que intentamos leer el nombre del pueblo nos indican que hemos llegado.

Con solo tres habitantes y siete casas casi destruidas, Noris es un pueblo fantasma. Un silencio sepulcral se apodera del lugar, mientras el silbido del viento tras los árboles nos sobrecoge.
Era evidente que aquí poco íbamos a comer, ya que ni un alma llegamos a ver.
La carretera hacia Tor desaparece y una pista medio asfaltada nos llevará hasta el pueblo más alto del pirineo con 1790 metros de altura.


Tor es un pueblo del rincón más virgen y aislado del pirineo leridano, cerca de Andorra. Tiene trece casas, algunas no son más que ruinas y ocho son las que quedan en pie y habitables, aunque en los meses más duros del invierno, el pueblo queda desierto.
Después de pasar por Noris, sabíamos que en Tor no encontraríamos nada para picar, eran casi las cinco de la tarde y aún no habíamos llegado.
Con unas montañas negruzcas, muy altas y un estrechísimo valle, un cartel nos indica que hemos llegado. Pero es un lugar extraño. “ Cataluña tiene 2000 años y Tor ya estaba aquí “. Con esta frase escrita en catalán sobre las laderas de la montaña, nos hacen sospechar que estamos en un paraje insólito.

Nuestra sorpresa fue al ver una casa que podría ser un bar. Efectivamente, después de preguntar a una chica nos respondió:
-Sí, aquí podéis comer ¿Qué os pongo?.
Tras subir por unas estrechas escaleras, nos llevó a un pequeño salón. Sobre las paredes colgaban cuadros antiquísimos, y una alacena que casi vencida por el peso y por los años, a duras penas se mantenía en pie. Este lugar al menos contaba con más de 200 años de antigüedad.
Una cálida chimenea ( estamos en el mes de Julio ), nos acoge y a su vez nos ilumina, junto a un pequeño balcón por el que la luz solar penetra. Estamos en un lugar perdido del pirineo y aquí la electricidad aún no llega.
Ya casi a las seis de la tarde por fin pudimos comer: Unas chuletas de cordero hechas con la misma brasa de la chimenea y una gran bandeja de chacinas del lugar; queso viejo, pero muy viejo, un sabroso jamón y como no, butifarras del valle.



La chica que a su vez hacía de camarera, era de pocas palabras, aunque después lo entendí. Mi curiosidad era infinita, y no paraba de hacerle preguntas sobre este lugar. Ella siempre evitaba contestar.
Los meses de Julio en Tor son trágicos, y recuerdo que estamos en el mes de Julio.
Desde 1890 los hechos han manchado de sangre la vida de este pueblo.
El 14 de Julio de 1896 se constituye la sociedad de condueños de la montaña de Tor. Esto quiere decir que la montaña pertenece a los vecinos de Tor. Pero los habitantes de este pueblo se reduce a dos familias de caciques; los Sansa y los Palanca ( familia de la chica del bar ), que desde entonces se han disputado la propiedad única de la montaña.
En el año 1980 dos leñadores guardaespaldas de Palanca mueren en extrañas circunstancias, y los del pueblo dicen que Sansa no será el último.
En febrero de 1995, después de medio siglo de luchas por la propiedad, el Juez de Tremp dicta sentencia y convierte a Sansa en único dueño. Pero solo lo pudo gozar cinco meses ya que apareció muerto. Y como dicen los del pueblo no solamente estaba muerto, sino podrido.
Dos años después de aquel crimen sin culpable, los odios entre las dos familias se han convertido en irreconciliables.
Las palabras de Jordi Ribas Palanca hablan por sí solas: “ solo me queda un camino, morir matando “.
Son 2300 hectáreas de superficie las que tiene la montaña de Tor, mucho terreno y tentador para futuros proyectos.
De hecho a finales de los años noventa, una empresa francesa se interesó por esta zona para la construcción de una estación de esquí. Recordemos que Andorra está a solo ocho kilómetros.


La pista que une Tor con el país vecino ha sido lugar para que los contrabandistas y traficantes hicieran su propio negocio al no haber control fronterizo.
Al preguntar en Tor como estaba el camino, me respondieron:
-¡ Bueno, en vehículo todo terreno y con mucho cuidado !.
Para mí era inevitable, debía intentar la aventura y alcanzar la frontera.
Al principio el camino es fácil, pero rápidamente los socavones aparecen y la dificultad se hace latente.
Las nubes se concentran, y al poco tiempo el cielo se pone gris. Minutos después empieza a llover.
El camino se convierte en un barrizal, donde los hoyos son grandes charcos por los que el coche debe pasar. Sin conocer la profundidad y con mucho riesgo los intenté esquivar.
Las vacas que pastean en el lugar se atraviesan por los caminos, pero rápidamente lo cruzan y me dejan pasar.
Lo peor estar por venir; un arroyo con bastante caudal y una fuerte lluvia en ese momento, hacen peligrar la travesía.
Tras pararme y comprobar la profundidad del arroyo, con mucho cuidado lo pude pasar.
El camino bruscamente empieza a subir y el nerviosismo de apodera de mí.
En poco tiempo la noche caerá, el móvil sin cobertura, y el depósito de gasolina a punto de acabar, y yo en un camino sin saber cuando llegar.
Lo peor que puede suceder en estas circunstancias: una bifurcación de camino. ¿ Por dónde he de tirar ?, izquierda o derecha. Aplicando el sentido común cogimos por el camino que subía. Pero en lo alto del valle la Guardia Civil nos alertaba.
En la subida el camino se complica con el terreno y yo asustado decido volver.
La Guardia Civil sigue pendiente de nosotros, y un Land Rover andorrano que subía, el conductor nos preguntó:

-¿ Ibas para Andorra y el camino te ha impresionado ?
Mi respuesta fue inmediata y sincera, has dado con la palabra correcta voy asustado. Me alivió cuando me dijo que debería volver ya que estaba a solo dos kilómetros de Andorra, y lo peor ya lo había transitado. De este modo haciéndole caso, di la vuelta al coche y de nuevo empecé a subir.
La Guardia Civil seguía pendiente de nuestro coche, y como era evidente al cruzarnos me debería parar. Así fue, lo primero que hicieron fue anotar la matrícula y después preguntarme cual era mi destino.
Sin miedo y nada que ocultar le respondimos que queríamos llegar hasta Andorra, pero no sabíamos como estaría el camino. Uno de los guardias civiles que era de Córdoba nos contestó:
-Estáis ya cerca, pero cuidado con algunos tramos, porque el otro día sacamos a un coche de un socavón con los bajos destrozados. ¡Suerte!
Los metros se hacían interminables y a lo lejos, el brillo del sol cayendo reflejaba sobre un gran cartel azul en el que la palabra Andorra lo rotulaba.
Por fin habíamos llegado a la frontera, donde una agradable carretera asfaltada nos daba la bienvenida,



Al bajar del coche y disfrutar de un paisaje espectacular, el olor intenso ha quemado que se desprendía del vehículo, los excrementos de las vacas salpicados por los cristales y puertas del coche, nos daba una muestra clara del largo sufrimiento que había padecido.
La aventura e incertidumbre del camino había merecido la pena.
Por supuesto la vuelta la hicimos atravesando Andorra y entrando por la Seo de Urgell.


Datos de interés:
-Localización: Valle de Ferrera, comarca catalana del Pallars Sobirá en la provincia de Lleida. Pirineo Catalán.
-Donde dormir y comer: Hotel Vallferrera en Areu, un hermoso lugar familiar fundado en 1960.
http://www.hotelvalldeferrera.com/
-Que hacer: Rutas de montaña, subida al pic de estats ( 3143 ), el más alto de Cataluña.
-Recomendaciones: Intentar llegar a Andorra desde Tor
-Información:
http://www.parcsdecatalunya.net/
http://www.yetiemotions.com/
http://www.lleidatur.com/

Valle D´Aneu, Pallars Sobirá (Lleida) Agosto/2006




RUTA POR EL VALLE DE ANEU, PALLARS SOBIRÁ, PIRINEO DE LLEIDA



CRÓNICAS DE UN VIAJE ACCIDENTADO




Con una suave melodía, el despertador me avisa de que es la hora de partir, son las 5 a.m.
Por delante tengo una ruta de 1200 kilómetros y 14 horas de viaje desde que parta de Sevilla y llegue al pueblecito de Valencia d´aneu, ubicado en la comarca del Pallars Sobirá, provincia de lleida, haciendo frontera con Francia y en el corazón del pirineo catalán.
Atraído, hipnotizado y como si de un imán se tratase, el pirineo me espera, cualquier alternativa de camino es válido para llegar, son muchos los años que lo llevo haciendo y ninguno me causará sorpresa alguna.

Pero esta vez, algo inesperado va a suceder.
Son las 12’30 p.m y a 30 kilómetros de Guadalajara, en la A-2 un accidente se va producir. Efectivamente es uno más de los muchos accidentes que escuchamos diariamente en la radio, televisión. Pero esta vez no es un accidente cualquiera, es mi accidente.

Debido a la imprudencia de un conductor, que lanza una lata desde su vehículo al carril contrario. Su triste destino, el parabrisas de otro vehículo, el conductor se asusta y pega un volantazo, chocando con la mediana y volcando. Nosotros que íbamos detrás, evitamos la colisión, y solo lo rozamos, saliendo disparado al arcén, revientan las ruedas y nos lanza hacia la mediana, quedando el vehículo cruzado en la carretera.

Con mucha fortuna toda mi familia y yo salimos ilesos, sin un solo rasguño, el otro vehículo no corrió la misma suerte.
Tras minutos de nerviosismo, el panorama no era para menos, Guardia Civil, ambulancia y un sinfín de vehículos auxiliando. Mi familia estaba bien y eso es lo que importaba.
Decidimos continuar el viaje emprendido hacia el pirineo . El coche en grúa para Sevilla y nosotros transportados en coche de alquiler y taxis a nuestro destino.
Pocos minutos faltaban para que el reloj marcase la 1 de la madrugada. Exhaustos, fatigados y cansados, llegamos a nuestro destino después de un largo día, y como remate el Port de la Bonaigua, con sus 2200 metros de altura, era la antesala de este precioso lugar enclavado en el Parque Natural del Alto Pirineo.


Solo la luz de recepción del hermoso hotel La Morera nos iluminaba hasta su entrada. Carlos y su esposa, dos personas encantadoras que regentan dicho hotel nos esperaban con los brazos abiertos y con una suculenta comida nos dieron la bienvenida.
Al amanecer, los rayos del sol penetran tras una pequeña ventana de mi habitación, para mí era inevitable, tenía que abrirla y contemplar con la luz del día este hermoso lugar.
Rodeado de altas montañas, valencia d’aneu es un pequeño pueblo perteneciente al municipio del Alt Aneu, con sólo 130 habitantes es un lugar ideal del que se pueden iniciar multitud de rutas.
El Parque Natural del Alto Pirineo combina los paisajes alpinos de alta montaña con los bosques y prados y pequeños pueblos de arquitectura tradicional.
Son 69850 Ha que se extiende por la comarca del Pallars Sobirá y el Alt Urgel, y que lo convierte en el parque natural más extenso de Cataluña.
Son cientos de rutas las que se pueden realizar en este idílico lugar, a continuación describiré algunas de ellas:

-Subida a los lagos Montanyó y Garrabea.
Su dificultad es media teniendo un recorrido de unos 7 kilómetros. Con un fuerte desnivel al inicio de la ruta ( 500 metros ), y una duración total de cinco horas.


Partiendo de Valencia D’Aneu dirección al Port de la Bonaigua, antes de coronar dicho puerto a 1 kilómetro aproximadamente y en la parte derecha hay una pequeña explanada donde podremos dejar el coche.
Con las botas bien atadas, la cantimplora repleta de agua fresca y un buen impermeable para las tormentas de por la tarde nos disponemos a subir.


Son fuertes repechos los que tendremos que salvar hasta llegar al collado donde se ubica el lago de Montanyó. Sin prácticamente arboleda alguna debido a la altura en la que nos encontramos, el paraje que divisamos son las grandes montañas que rondan los 2900 metros de altura, donde al fondo incluso se puede contemplar el pico Aneto ya en Huesca, siendo el más alto del Pirineo con 3434 metros de altura, sobresale entre todos, totalmente nevado.



Tras una hora y media de recorrido y con un sol achicharrante, por fin acariciamos con la vista las cristalinas aguas del lago. En vez de bajar y refrescarnos, tenemos que rodear el collado hasta llegar justamente en frente tras una media hora de recorrido.
El esfuerzo merece la pena, la vista aquí es impresionante. A la izquierda el estany ( lago ) de Montanyó y a la derecha el de Garrabea, y ya tocando con los limites de Francia el esatny de Rosario y tras este, unas imponentes moles graníticas en forma de montañas hacen que este lugar sea espectacular.
Ahora sí toca refrescarse en las frescas aguas del lago. Tras un merecido descanso, mantengo una amplia conversación con Oriol ( nuestro guía ), se me olvidó comentar que esta ruta la tienes que hacer con alguien que conozca el camino , ya que está sin señalizar.
Oriol, es un catalán con un tremendo conocimiento de todas las montañas del Pirineo, no hay pico que no conozca.
Yo, en forma de broma le pregunto con mapa en mano:
Oriol, ¿ Qué nombre y altura tienen todos aquellos picos ? ..... Y antes de que casi terminase la pregunta ya me estaba respondiendo. Es un enamorado de todo lo que se llame montaña.
De vuelta por el Pla de Montanyó, son decenas de ciervos los que podemos contemplar por el camino. En grupos de 4 ó 5 corretean por los valles y en algunos bosquecillos formados en las laderas de las montañas.
Tras pasar un riachuelo con una gran variedad de flores alpinas nos espera una fuerte subida que con un desnivel de 300 o 400 metros coronamos los 2400 metros de altura, donde la vista es espectacular.

Abajo, nuestros coches de forma diminuta nos indican el camino de vuelta.
-Subida a los lagos de Gerber.
Para llegar a este bello lugar, partiremos de Valencia D’Aneu dirección al Port de la Bonaigua. Después de unos 10 kilómetros por carretera llegaremos a una estación de telesillas ( Bonaigua 1900 ), donde aparcaremos el coche.


La senda que suavemente va ascendiendo hasta los 2140 metros, nos acercará a los lagos después de 3 horas de camino.
El recorrido es cómodo y agradable, ya que está rodeado de zonas boscosas y con algunas caídas de agua.
El valle se escalona en pequeñas terrazas, cada una con su lago correspondiente.
En medio del bosque la Estanyera y el estany petit preceden al estany Gerber.

El estany de Gerber seduce a primera vista. Este gran lago circular tiene las hechuras de un volcán dormido. Su aspecto exuberante se explica por la impresionante cascada producida por el agua procedente de lagos superiores.
Los frondosos pinos que hunden sus raíces en la orilla del lago y la inmensa diversidad de flora, unido a los grandes riscos y cerros que rodean al lago hacen que este lugar tenga una belleza innegable.

Una vez en el lago, el camino lo rodea por la parte izquierda, y empieza a subir fuertemente hasta los lagos superiores, donde se encuentran abrigados por un enorme circo de grande picos.
Tras pasar una pequeña cascada, el camino desaparece y solo los pequeños montículos de piedra nos orientan sobre la senda a seguir.
De pronto, un fuerte grito se desprende de la boca de mi esposa, acompañado de un gran dolor exclama:

¡ Quien me ha dado una pedrada en la pierna !. En términos médicos se conoce como el síndrome de la pedrada cuyo diagnóstico es: rotura fibrilar gemelar.
En pleno circo glaciar, y a cuatro horas de camino por sendas estrechas, fuertes bajadas de piedras y con el acecho de una tormenta seguimos subiendo a los lagos superiores de Long y redó, donde en un impresionante paisaje tomamos nuestro merecido picnic.
El regreso se hizo largo y penoso. Susana que así se llama mi esposa, ayudada de un enorme palo en forma de bastón y solo con una pierna anduvo a duras penas el camino de vuelta.
Tras una visita al hospital de Viella, el diagnóstico era claro: Rotura fibrilar gemelar izquierda; utilización de muletas y tres semanas sin apoyar el pié.
-Bajada por el río Noguera Pallaresa en rafting


Desde la localidad de Llavorsí hasta Rialp son 14 kilómetros de aguas rápidas que discurren por el río Noguera Pallaresa, es un lugar ideal para aventurarse en una barca y hacer la bajada en rafting.

Son varias las empresas que se encargan de realizar esta actividad y una de ellas es Yeti, ubicada en el mismo margen del río y a solo 300 metros de Llavorsí.
Tras atender con todos los sentidos a las explicaciones de nuestro guía ( como reaccionar en caso de accidente o de volcar ), y después de ataviarnos con un traje especial y un casco protector nos dispusimos a subir a la barca; mis hijos, cuatro muchachos israelitas y un servidor.


Con remo en mano, los pies bien sujetos en un amarre especial y con muchas ganas de disfrutar nos lanzamos al agua. En los primeros metros, la sensación es casi permanente, vamos a volcar. Pero rápidamente coges el ritmo y te empiezas a entusiasmar. Pegando tumbo en los márgenes del río, según fluya la corriente del agua, la bajada cada vez se hace más rápida. Las ramas de los árboles sobre nuestras cabezas las tenemos que esquivar y entre tanto nuestro guía nos alerta de los cuatro próximos kilómetros donde el rápido de la lavadora ( que así se llama ), nos puede inquietar. Tras volcar dos veces la barca y ayudándonos entre todos conseguimos continuar. Sin prácticamente tiempo para recuperarse las turbulencias de la barca nos hacían botar sobre la misma. Tras una hora y media de navegar llegamos a Rialp.
Es una experiencia única y por lo tanto la recomiendo.
-Pueblos del valle
El municipio de Alt Àneu está constituido por 8 núcleos de población que se distribuyen a lo largo de los valles formados por la Noguera Pallaresa y el río de la Bonaigua, ocupando una superficie de casi 200 km2., con una población total de 422 habitantes. Desde el punto de vista administrativo, el Alt Àneu es fruto de la fusión, a finales de los años 70, de los antiguos ayuntamientos de Isil, Son, Sorpe y València d’Àneu, con sus respectivos agregados. En la actualidad, cuenta con dos entidades municipales descentralizadas de reciente creación: la de Isil y Alós, y la de Sorpe. Desde el punto de vista histórico-cultural, el municipio es inseparable de la historia de las Valls d’Àneu, a las que pertenece, un territorio caracterizado por una rica tradición milenaria y un patrimonio natural y cultural de interés remarcable. En los rellanos de los valles, cerca de los ríos, se sitúan los pueblos, que mantienen una arquitectura tradicional pirenaica.
En el valle de Isil:


ALÓS (1280 m) 31 habitantes. Destaca la Iglesia de San Lliser: Románica de origen. Necrópolis: Antiguo cementerio medieval descubierto en el año 1989. De los siglos XII-XIII. Puente románico: Se encuentra situado cerca de la carretera, a la entrada del pueblo, es de un solo ojo.
Una vez alcanzado Alós de Isil, la carretera muere, y en su lugar una pista de tierra en bastante buen estado queda a nuestra disposición para adentrarnos en un paraje digno de visitar.
Los valles se entremezclan con altos picos y a los lados de la pista, grandes mantos de flores de distintos colores. Siempre paralelo al río, el camino sigue adentrándose en la espesura de un pequeño bosque. Las vacas salpicadas por los prados, la frescura de las aguas del río al pasar, pequeños bosquecillos con un verde intenso, y al fondo las siluetas de las montañas hacen que sea un lugar para disfrutar de la naturaleza.



Después de unos 7 kilómetros, la pista desaparece para dar paso a varios caminos que nos llevaran a las cumbres de distintas montañas. Atravesando un pequeño puentecillo y a la izquierda el camino nos lleva al monasterio de Mongarry, ya en el Valle de Arán.
En cuestión de minutos, un fuerte viento empezó a soplar, las nubes furiosas se ennegrecieron y una gran tormenta descargó en este bello lugar. Lo que al principio era lluvia, terminó convirtiéndose en una fuerte granizada. Sobre nuestro coche, bolas de un gran tamaño no dejaban de impactar y el camino de tierra en poco se convirtió en un manto blanco, pero a solo tres kilómetros un sol radiante aparecía tras los árboles y en poco el cielo quedó totalmente despejado. Esto es el Pirineo.

ÀRREU (1250 m.) 8 habitantes. Destaca la Iglesia románica de San Serni. Ermita románica de la Madre de Dios de las Nieves, de una sola nave con ábside sobre alzado.BORÉN (1113 m.) 21 habitantes. Destaca la Iglesia de San Martín: Románica de origen, conserva la portalada con archivolta y la espadaña original. Puente románico: De un solo ojo, se encuentra en el camino que conduce a Arreu.
ISAVARRE (1125 m.) 32 habitantes. Iglesia románica de San Lorenzo: Se trata de un templo románico de los siglos XII-XIII. En el interior encontramos un interesante pavimento de guijarros y pila bautismal.
ISIL (1161 m.) 90 habitantes. Iglesia románica de San Juan: Construcción inicialmente románica del siglo XII. Está declarada como Bien de Interés Cultural y Nacional. Iglesia parroquial de la Inmaculada: Es una construcción barroca del año 1771.
Ya fuera del valle de Isil y perteneciente al valle de Aneu
SON (1393 m.) 38 habitantes. Conjunto Monumental de Son: Constituye una de las construcciones emblemáticas del románico aneuenque. Esta formado por la iglesia de San Justo y San Pastor, de una nave y ábside con ventanas aspilleradas y arcadas lombardas; el retablo gótico, del s. XV, las pinturas murales situadas en el arco triunfal y en la bóveda del presbiterio fechadas entre el XVI y el XVII
SORPE (1262 m.) 63 habitantes. Iglesia de San Pedro: Iglesia parroquial de origen románico. El altar principal lo preside una talla románica de San Pedro, colocada en una de las hornacinas del magnífico retablo renacentista del mismo nombre.
VALÈNCIA D’ÀNEU (1086 m.) 130 habitantes. Conjunto Arqueológico de València d’Àneu: Se trata de un magnífico yacimiento arqueológico que agrupa las ruinas del castillo condal y de la antigua villa medieval de València. Iglesia románica de San Andrés: Construcción originariamente románica. Aún se conserva, en el interior de la iglesia, la pila bautismal románica.



Fuera del municipio de alt Aneu, pero a solo tres kilómetros de Valencia de Aneu nos encontramos con Esterri D´Aneu (957 m.) 680 habitantes Centro geográfico y de servicios de las Valls d’Àneu. Su economía está basada, en el sector servicios.
Destaca la Iglesia parroquial de San Vicente: del s. XVIII, de una nave, con seis capillas laterales y el campanario más alto de la comarca. Destacar la puerta de entrada de estilo neoclásico. Antigua Iglesia de San Vicente: del s. XV, ubicada en la actual plaza del Bon Consell, solo resta la fachada de poniente. También hay una cruz, la cual estaba situada en el centro del antiguo cementerio. Puente románico: de estilo románico tardío, principio del s. XIII y antiguamente única vía de unión entre el barrio del Pont y el resto de la villa. Casa Gassia - Ecomueseu de les Valls d’Àneu: casa del s. XVIII, situada en el barrio viejo de Esterri.

Datos de interés:
-Localización: Valle de Aneu, comarca catalana del Pallars Sobirá en la provincia de Lleida. Pirineo Catalán.
-Donde dormir: Hotel la Morera, un encantador lugar en el que se puede realizar muchas actividades. Valencia d`Aneu.
-Que hacer: Rutas de montaña, actividades de aventura: rafting, bajada de barrancos. Empresa: Yeti emotions.
-Visitas obligadas: A solo 20 kilómetros, el parque Nacional de los lagos de San Maurici
-Información:
http://www.parcsdecatalunya.net/
http://www.yetiemotions.com/
http://www.lleidatur.com/